Por: Gonzalo Silva Rivas

Brazos de reina

El Carnaval de Barranquilla se posiciona como una gran fiesta nacional y le transmite una dosis de alegría a un país, al que diariamente los medios de comunicación le suelen mostrar las páginas rojas de sus desdichas.

Se convierte en un evento taquillero, pero preocupa que lo que representa la máxima expresión de nuestra cultura folclórica caribeña se diluya por los efectos de la trivialidad, las innovaciones, la exclusión y la imparable ofensiva comercial.

Las carnestolendas -que en 2003 obtuvieron el reconocimiento de la Unesco como Obra Maestra del Patrimonio Oral e Intangible de la Humanidad- lograron su nominación no solo por la magia y la riqueza de su producto expresivo, reflejado en un colorido y diverso aporte de manifestaciones culturales, representadas por disfraces, artesanías, danzas y músicas folclóricas, sino como una sabia medida para preservarla de las crecientes amenazas de la modernidad y del capitalismo.
El problema que asecha a esta fiesta tradicional, que acopia en su esencia el acervo cultural de los sectores populares de la ciudad, es que parece deslegitimarse en la medida en que lo cultural se convierte en un mero símbolo, y es usurpado por intereses económicos, políticos y sociales.

La autenticidad y el encanto de sus tradiciones tienden a perderse frente a la trivialidad del espectáculo y ante la intromisión de nuevas propuestas culturales que poco o nada encajan dentro del espíritu fundamental de las festividades. Se corre el riesgo de desritualizar sus manifestaciones identitarias, paradójicamente las que buscan salvaguardarse como patrimonio oral e intangible de la humanidad.

La publicidad y la comercialización, en la que entran en juego las grandes marcas, poco a poco colonizan el certamen, se apropian de la programación, invaden el espacio público y dejan evidentes estragos de contaminación visual. Pero quizás, la superior contradicción que se oculta en esta tradicional fiesta, representativa del acervo popular, es la estratificación social.

Estas carnestolendas enfatizan las diferencias entre la ciudad rica y la pobre. La que se recoge en los clubes de puertas cerradas y la que se dispersa en los parques y vías públicas, huérfanas este año de los proletarios bailes de vecinos alrededor de los bulliciosos picós. Los elevados costos de los eventos acentúan las divisiones entre las fiestas de élite y las del pueblo raso, tal como se descubre en la guerra de tarifas involucrada dentro de esa infinita locura carnavalera.

Si se analiza el trasfondo del reinado -su acto cumbre-, es sencillo establecer que a su alrededor se cocina una realidad frustrante para las barranquilleras, quienes nacen con la ilusión, debajo del brazo, de ser algún día soberanas del concurso. La bella Margarita Gerlein, familiar de exitosos congresistas y empresarios, coronó este año a su sucesora, la no menos guapa Cristina Felfle, hija de exreina y de alto ejecutivo empresarial, continuadoras ambas de la zaga real que protagonizan en heredad las privilegiadas familias de la alta sociedad local.

El Carnaval de Barranquilla es un productivo motor económico que genera ingresos superiores a los $50 mil millones, gracias al encadenamiento de la dinámica comercial y la creciente afluencia turística, que esta vez superó los 150 mil visitantes. Pero bien podría someterse a una reingeniería que blinde su sincretismo -la esencia misma de su autenticidad-, con la finalidad de preservar la tradición, tanto de los superficiales afanes de la farándula criolla como de la aristocrática cadena de brazos de reina.

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