Por: Carlos Granés

Breve reflexión sobre el arte de escribir columnas para no tener que escribir una

Hay días en que no sale nada bien, y mucho menos una columna. Son días en los que dan ganas de ponerse en remojo, alejarse del ruido de la actualidad, no pensar en qué es lo que está pasando ni mucho menos en qué es lo que se piensa sobre lo que está pasando. Son días en los que cualquier tema parece irrelevante, excepto aquellos que otros ya han abordado hasta el cansancio, o justo esos que demandan conocimientos específicos y sofisticados para dar con las notas que nadie ha oído. En fin, son días en que uno quisiera que el mundo entero estuviera de vacaciones para no verse forzado al comentario agudo, a la reflexión sensata o al señalamiento oportuno. Al fin y al cabo, ¿qué otra cosa hace una columna? Pero hay días que ni eso.

Y sin embargo toca. El columnista es víctima de su propia dicha, esclavo de su propia libertad. Puede decir y opinar lo que a bien tenga, puede ser arriesgado, reflexivo o irreverente, puede buscar trifulca o congraciarse con alguien, pero la redacción cierra y hay que entregar a tiempo. Y además hay que entregar bien: un texto claro y preciso, sin errores ni horrores, con un tema y una idea. Eso basta —¿para qué más?—, pero qué difícil es decir algo interesante y original sobre la actualidad que todos padecemos y sobre la que todos opinamos.

Una cuartilla parece poca cosa y sin embargo ahí cabe todo. Pequeño Aleph a la inversa, no hay nada pero puede ser rellenado con cualquier cosa. En las columnas se habla de política, de cultura, de problemas sociales, de lo divino y lo humano. Pero también es cierto que uno mismo, con el tiempo y casi sin darse cuenta, les va poniendo ciertas reglas y linderos con la esperanza de que ganen personalidad. Si un día empezara a elegir cualquier tema, el que impongan los titulares más escandalosos y clicados, supongo que seguiría haciendo columnas, pero ya no serían mis columnas.

Andrés Hoyos me dijo una vez, cuando me iniciaba en esto del columnismo, que los 3.300 caracteres que se interponen entre la primera y la última letra que acotan el espacio del que dispongo en El Espectador sugerían el mismo reto que bailar en una baldosa. Y, en efecto, parece incómodo, demasiado apretado, pero cuando se le coge el paso resulta mucho más íntimo y efectivo. Una baldosa da para mucho. Con mañita, hasta el reguetón resulta; es decir, la columna permite el alarde, el juego, la improvisación. Más aún, demanda todos estos efectos retóricos porque sin ellos el espacio se va en el recuento de hechos o, en el peor de los casos, en una sosa y predecible denuncia que se lanza como guiño a los copartidarios: el mal es malo y la virtud es buena... Oh.

“Por la sombrita”, recomiendan que ande uno para que no le pase nada, y por la sombrita me gusta ir a mí. No para evitar tomar partido o para no mojarme. Más bien, porque me gusta el gris, la ambigüedad, la contradicción. En tiempos de simpleza ideológica, de populismos de izquierda y derecha igualmente bochornosos, la polarización es lo que tienta y lo que el columnista, creo yo, debe evitar. Para armar jaleo y bronca ya están las redes, y qué pereza. La columna debe prestarse a otras cosas, al análisis, a la disección de un problema, a… Pero hoy no, ya lo dije. Hay días en que nada sale y es mejor ponerse al margen.

En remojo.

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2019-08-02T00:00:52-05:00

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2019-08-02T00:15:01-05:00

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