Por: Catalina Ruiz-Navarro

Brindar en El Banco

En algunos pueblos de Colombia se creía que uno no podía peinarse en Semana Santa, porque le estaba halando el pelo a Jesucristo y no podía bañarse pues eso equivalía a escupir al hijo de Dios. Para mí son historias pintorescas, curiosidades del pasado colombiano, un capítulo cerrado de folklore medieval.

El alcalde de El Banco Magdalena, Alberto José Puerta Rosado, en cambio, parece vivir inmerso en unos mitos creacionistas que lo han llevado a pasar un decreto que prohíbe el trago en Semana Santa. El alcalde dijo sin pena, en RCN Radio, que este decreto fue articulado con la Iglesia Católica, y que los ateos tienen un resentimiento con Dios y la sociedad.

El asunto es absurdo en muchos niveles, primero, claro, está la ignorancia caricaturesca con la que Puerta habla de otras posiciones religiosas. Segundo, Colombia es un país con un gobierno laico, al menos en el papel, y esta separación entre Iglesia y Estado garantiza libertad de culto, libertad de consumo y libre desarrollo de la personalidad. El decreto atenta contra los tres últimos y es una falta de respeto para todos, católicos o no. Con los católicos el alcalde se está tomando unas atribuciones que no le corresponden; a los demás, les impone una penitencia inmerecida, y viola sus derechos en nombre de un Dios que bien puede ser un amigo imaginario del alcalde.

Tal vez la próxima movida de Puerta será la prohibición de la entrada al monte para proteger al Mohán, y el toque de queda para evitar encuentros con La Llorona. Porque sí, ante la ley, ante el Estado, Dios es tan real como el dragón invisible, inoloro, callado e inmaterial que vive en la sala de mi casa, y de cuya existencia no tienen más prueba que mi testimonio, imposible de verificar empíricamente. 

Podríamos reírnos de las ocurrencias de este alcalde macondiano pero sus ideas violan de forma efectiva derechos fundamentales. Lo que Puerta hace es solo una señal de cómo en nuestro país la Iglesia y el Estado no se separan en la práctica, hay oficinas públicas con imaginería beata, funcionarios que imponen sus creencias religiosas y hasta llegan a hacer proselitismo en escenarios laborales.

 

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