Por: Juan Esteban Constain

Brindis por una botella

La historia suele ser muy injusta, y escoge a los suyos  con tacañería de niño. A veces, tipos maravillosos que ocurrieron pasan sin pena ni gloria, y en cambio otros, insoportables, aparecen de primeros en la foto, sonriendo y peinados con gomina (o fijador lechuga o resina: cada época tiene su grandeza, decía Cassirer).

Hoy quiero reivindicar a un pobre mártir de nuestra historia patria, sin cuya participación, además, no habría habido Independencia del Nuevo Reino de Granada, ni por supuesto el bicentenario ese que ahora la celebra y la cuenta con tanto brío, casi con orgullo. Y ya viene siendo hora de que, entrados en gastos, le rindamos un justo homenaje a José Bonaparte, Rey de España y hermano mayor del Emperador de los franceses, Napoleón. Porque tenemos una idea sombría del pobre José I, heredada sin duda de la leyenda negra que le tejieron los millares de españoles que, durante su reinado, lo combatieron sin descanso hasta expulsarlo de su suelo, mientras le inventaban toda clase de excesos y libaciones, añadiéndole a su nombre la marca del borracho: Pepe Botella.

Y no. Si uno revisa los documentos de la época, o si lee algunos de los libros excelentes que se han escrito sobre ella (el de Miguel Artola es insuperable), tendrá que reconocer que el buen José no la podía tener peor: abandonar su trono en Nápoles rodeado por el mar y un volcán, para irse a España, en 1808, a mandar sobre un pueblo ingobernable y feroz, que ya estaba harto de la estupidez de sus Reyes; gobernar desde Madrid con toda la nación en contra, lidiando con curas guerrilleros y hasta con los Mariscales de su propio hermano, que en vez de ayudarle se dedicaban al saqueo en sus más refinadas versiones.

Pero Pepe Botella no lo hizo tan mal (algún jerez y alguna marquesita no se le escaparían, que no sólo de pan viven los Reyes), y en su gobierno estuvo rodeado por los hombres más brillantes de España. Con ellos quiso proclamar una Constitución moderna y preservar la unidad del territorio, y hacer la paz con los rebeldes; expulsar de España a los ingleses, pero también a los mariscales de Francia. No lo logró, claro, pues sus súbditos no podían tolerar cosas tan buenas.

La Independencia nuestra se hizo, entre otras, contra el pobre Rey José. El fiscal de la época acá, Mariano de Blaya, le pidió al Virrey que en cada ciudad tuviera a un espía para saber qué se decía del asunto en las conversaciones privadas de la gente. Cosas de tiempos coloniales, sin duda. Chuzadas que no volverán.

Si tiene alguna duda o comentario histórico, escriba a [email protected].

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Juan Esteban Constain

Venezia

El camino del Inca

Mestiza

Bajo tierra

Vidas honorables