Por: Fernando Araújo Vélez

Bromas de salva

Lo llamaban Pablo, sin apellidos ni sobrenombres, pues él jamás quiso que lo relacionaran con su hermana, una famosa actriz de teatro que de tanto hablar sobre escenarios, tablas, Bertolt Brecht y Molière, terminó por inyectarle la más profunda aversión hacia todo lo que fuera actuado.

Con esa amargura encima se le apareció un martes en la noche a su novia, pero no quiso entrar a su casa a hacerle visita, como lo dictaban las normas de Carreño, porque no estaba para sonrisas de fórmula y conversaciones sobre política. Se quedó afuera, prendido al timón de su viejo Dodge, cuando de repente, a través de una fina llovizna, vio a dos sombras que salían por la puerta principal de la casona y se le acercaban.

Las vio desfiguradas, altaneras e insultantes, y después, amenazantes cuando se le pararon al lado de su ventana, toc-toc, y sacaron dos pistolas, bang-bang, y él se murió sin haber confesado sus pecados, y oyó a su novia reírse pero no, no era ella, y arrancó a mil, que era a 30 en su Dodge, y en la esquina de la 15 con 92 frenó y le preguntó a un vendedor de dulces si lo veía, si estaba vivo, pero el tipo salió a correr, como todos los otros a los que interrogó esa noche, antes de llegar a su apartamento, verse pálido de muerte ante el espejo, y recordar que los hermanos de su novia habían comprado unas pistolas de salva para asustar al primero que se les cruzara.

 

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