Por: Gustavo Páez Escobar

Brownie

Brownie tenía un año de nacido cuando llegó a Villa Astrid, nuestro predio campestre en Villa de Leyva. Jonás, el otro perro de la finca, que por su talante y antigüedad se había ganado el título de patriarca, lo miró con recelo y cierta distancia y le notificó: “Aquí el que manda soy yo”. Pero como el nuevo residente era caballeroso y bien educado, lo saludó con amabilidad y respeto.

Y siguió adelante, como si estuviera en su propia casa. Lo estaba. De ahí en adelante, Villa Astrid era su nuevo hogar, y él sospechaba que mejor familia no podía tener. Labradores los dos, al instante se hicieron amigos. Brownie dio el primer retozo por los prados al entrar a compartir con el patriarca el territorio lleno de árboles nativos, fascinantes paisajes y calurosa camaradería.

Sin embargo, días después tuvieron furiosa contienda. Cada cual pretendía convertirse en jefe del otro, sin aceptar que debían ser un par de hermanos juiciosos. El asunto era de celos, de instinto de superioridad, de querer marcar territorio y ostentar el liderazgo tan propio de su raza. Por eso chocaban con rabia, con ímpetu, con sangre de labradores. Eso mismo sucede con los hombres. Pero los hombres no son fáciles para el perdón y la reconciliación.

Hubo necesidad de llamarlos al orden, dictarles clases de convivencia y hacerles entender que su mundo era civilizado. Bajaron la cabeza con humildad y se fueron en silencio, el uno al lado del otro, a buscar el recipiente del agua para calmar el enojo. Unos de los rasgos del labrador son la inteligencia, la nobleza, la bondad, la empatía, la lealtad. Su carácter es tierno y su mirada sincera. Sabe obedecer y se adapta a cualquier ambiente. Siempre está en plan de ayudar. Goza con los juegos y las aventuras. Y sufre cuando ve triste al amo.

Mi hija Liliana y su esposo, Juan Carlos, adquirieron a Brownie en Bogotá, en Cachorros y Cachorritos, de mes y medio de nacido. Como era de color marrón, le pusieron el nombre del bizcocho de chocolate pequeño, el brownie. Y se lo llevaron a su apartamento. Un día se escapó y atravesó la Circunvalar a plena carrera, y por poco muere atropellado por los carros.

Ya en Villa Astrid, era un perro muy grande, de patas inmensas y fuerza impresionante. Su figura apuesta y vigorosa causaba admiración. Y temor para quienes no eran muy allegados a él. Permanecía correteando por la finca, y cuando quería descansar, lo hacía por lo general en el porche de la casa. Al salir yo para dirigirme a mi cuarto de estudio, se paraba, junto con los perros que llegaron después, y todos me acompañaban en la travesía como guardianes deferentes. Él los dirigía.   

Su papá, que se había ganado un premio en concurso canino, le enseñó a ser varonil y enamoradizo. Cualquier día, como ya lo había hecho en Bogotá, se escapó de la finca y duró tres días perdido. Al fin fue localizado en un matorral, cubierto de barro, extenuado por el hambre y en estado lastimoso. Es fácil suponer que salía de una aventura amorosa. Cuando distinguió el ruido del carro, lleno de alegría voló hasta sus amos y se subió al vehículo.

La vejez le hizo perder el ritmo y el entusiasmo. Ya caminaba lerdo, como en la canción de Piero. Víctima de enfermedad incurable, recibió todos los auxilios de la ciencia. Así comunicó la triste noticia, el pasado 11 de enero, el cirujano que le practicó la operación: “Liliana, buen día. Brownie no lo logró, lo siento. Esta madrugada se fue”. Por su parte, Juan Carlos le envió a Brownie este mensaje inmediato: “Dios se llevó tu alma bella e inocente al cielo. Sé que ya te ganaste tus pequeñas alas peludas, que te las mereces con todo el amor perruno. Espero que corras por hermosos prados y cielos perfectamente color chocolate como tú”.

A Brownie se le enterró al lado de Jonás (muerto en junio de 2012). Ya está en el cielo de los perros, compartiendo el territorio con el patriarca. Moka, su hija (su descendencia es de más de 20 hijos), estuvo dos días sobre la tierra removida lanzando aullidos de dolor. Y a nosotros se nos desgarró el alma.

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