Por: Columnista invitado

Brújula

Por: Inés Elvira Rueda

Los gentilicios llevan consigo partículas de los lugares que los bautizan. Evocan, en forma de humo de incienso, la cotidianidad de personas que habitan tierras donde han sido izadas banderas que reclaman jurisdicciones y soberanías. Brújula, de Mathías Enard, de la editorial Random House, es una novela que da nombre, cara y color a Oriente Próximo. A sus ciudades y habitantes; a sus mezquitas, sinagogas, caravasares y minaretes. Es una novela que colecciona gentilicios como colecciona vivencias de los conspicuos europeos que han escrito la historia trayendo esencias y áloes de Oriente a las sociedades de Occidente: Liszt, Annemarie Schwarzenbach, lady Hester Stanhope, Balzac. El musicólogo Franz Ritter, narrador vienés de una travesía que arde a mediodía y hiela los surcos de las dunas en las noches desérticas, es la nostálgica voz de la historia escrita por el francés Mathias Enard. Varias son sus brújulas: lo son la memoria, la música y los albures de la historia europea. Y Sarah, por supuesto. Sarah revela al lector el significado de la vocación de ‘orientalista’: intelectual oriundo de Occidente que consagra su vida al estudio de Oriente Próximo. Ella es por quien Ritter suda frío en su apartamento vienés mientras recuerda años mozos entre orientalistas escribiendo tesis doctorales sobre el Imperio Otomano y profanando las excavaciones que debieran apañar con pinceles.

Sarah agua, Sarah sed. Sarah oasis de un Ritter que estudia a Félicien David y se lamenta de que la historia lo trate con injusticia siendo él el puente entre Oriente y Beethoven, Berlioz, Bizet y casi todos los compositores europeos. Sarah amor inasible de un orientalista encartado tratando de explicar una y otra vez que es musicólogo, mas no músico. Brújula (Boussole) nunca revela de qué color son los ojos de la orientalista francesa que constituye para Ritter el momento descorazonador de comprobar la irrealidad de un espejismo. Sin embargo, sí revela los rostros de teheraníes, estambulitas, alepinos y damascenos que ya nunca más serán anónimos cuerpos caídos en guerras mediatizadas. Palmira, Damasco, Estambul y Alepo tampoco serán ya más simples y remotas ciudades heridas; serán lo que han sido siempre muy a pesar de la ignorancia de Occidente: casa de Dios y de Alá; alminares en cuyas paredes están escritos y perpetuados los noventa y nueve nombres de ‘El que tiene en cuenta todas –y cada una– de las cosas’.

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