Por: Rocío Arias Hofman

Buchipluma

AL PRÓXIMO QUE SE JURE LA QUINtaesencia de la pureza moral o haga promesas vanas le dedicaré el bonito son que en los años 30 cantaba Miguel Matamoros: “Un domingo en la playa, la invité/a que fuera a nadar/y después que nadamos resultó/buchipluma no más/buchipluma no más/eso eres tú/buchipluma no más”.

Me desahogo: hablo del buchipluma político. Y lo digo mirando de frente la foto que publica el periódico de Lucho Garzón con sonrisa satisfecha porque encontró en el Partido Liberal la tolda para “parchar” como futuro presidenciable. Pura conveniencia para el candidato, error craso para el centro izquierda. Su decisión convierte las bases de una propuesta social, que todavía no ha cobrado forma en el país, en mantequilla lista para untar.

Menos mal que por ahora Mockus y Fajardo no secundan las invitaciones de César Gaviria, ungido como flautista de Hamelín por quienes creen que los contradictores políticos se neutralizan aglutinándolos apenas con el sonsonete de estar en contra de la segunda reelección presidencial. Sería oprobioso que los ex alcaldes obedecieran al llamado, porque tallar una posición ideológica y luego acomodarla circunstancialmente a cualquier otra los convertiría en piratas dedicados al saqueo de la exigua confianza que le va quedando al público para apoyar a sus líderes.

 Hay también el buchiplumazo histórico de quienes se siguen engañando con la idea del paraíso que espera a los inmigrantes en Europa. Allí no los quieren, ¿está claro? Lo acaban de reconocer en Bruselas. El cartesianismo del Viejo Continente no permite que en su jardín de recortados setos se den otras especies florales. Si no eres Sergio Stepansky, de nada sirve clamar “juego mi vida, cambio mi vida, de todos modos la llevo perdida”. ¿No estamos a tiempo de quedarnos en Pereira o Ibagué antes de añorar por allá tan lejos lo que se corre el riesgo de perder para siempre? En 1989 conocí, mientras hacía tareas sociales en la cárcel de mujeres de Madrid, a unas paisas presas por narcotráfico que guardaban con un celo extraordinario una pinche bolsita plástica de areparina. Adivinen, la rellenaban con harina normalita, de la española, para confundir el deseo de arepas de verdad con unas vulgares masitas blancas. Así como ellas decían haber confundido las promesas de trabajo con la vuelta que le terminaron haciendo a unos desalmados.

Aconsejan los expertos en negociación de conflictos que hay que armarse de paciencia antes de pensar siquiera en esbozar un acuerdo entre las partes enfrentadas. En Colombia eso es como pedirle a un alpinista que se haga dos ocho miles seguidos. Mientras tanto, los buchiplumas de la guerra declaman cualquier propuesta que suene vagamente a una intención de paz. En el trajinado computador de Raúl Reyes figuraba que las conversaciones con el Gobierno e intermediarios eran algo así como una manera de entretener al personal mientras se ganaba tiempo para una debacle financiada por el narcotráfico. Buchipluma alcanza aquí la calidad del cínico. Una afrenta inconmesurable para las víctimas del secuestro y sus familiares.

Sin necesidad de cerrar los ojos invoco impetuosas imágenes con sólo pensar en el vocablo. “Buchipluma, buchipluma, buchipluma”, musito con los labios húmedos, saboreando la composición de términos. Es la fulgurante explosión de la cola de un pavo real o un gaznate traslúcido donde se acumulan esponjosas mentiras. No hay pizca de poesía en eso. La portentosa palabra actúa como catalizador en este instante en que quiero aquietar mi espíritu alfileteado por tanta cosa temeraria que leo que dicen y que oigo alrededor.

 

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