Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Buenaventura no es la excepción

Buenaventura,“cuna del asesinato”, “territorio de desesperanza”, “sitio donde todo está por hacer”. Calificativos, descripciones, fotos y videos sobre esta ciudad pueden dividirse en tres grupos.

 Los superlativos, concentrados en motes efectistas que se empeñan en recordar que se trata de la más violenta, con mayor concentración de miedo en el mundo, el hemisferio o el país. “Malaventura”, “capital del horror”: son estas representaciones las que acuden, usualmente, a relatos explícitos sobre formas de tortura o imágenes de bolsas con cuerpos humanos y levantamientos del CTI o Medicina Legal.

Un segundo grupo produce narrativas plañideras. En lugar de adjudicar récords de violencia, se hacen juicios en tono solemne sobre la falta de humanidad en la ciudad, la desolación de sus calles y la desesperanza que embarga la cotidianidad. Se hace uso de imágenes de casas abandonadas para ejemplificar el “nivel de ruina moral”. No falta el que romantiza el desconsuelo, adornándolo con detalles pintorescos: “a pesar de que en las calles al mediodía se vive un clima de alegría con el desfile de los niños estudiantes de camisa blanca... la realidad es que la tristeza y el desespero... son desbordantes”.

Son estos cuadros de desolación los que abonan el terreno para un tercer tipo de descripciones, en tono de “nuevo comienzo”. Estas se concentran en las intervenciones y la llegada de todo tipo de expertos blancos y fuerzas armadas. Vemos fotografías de demoliciones o del Ejército llegando a alguna calle y rodeado de niños. Al ministro Pinzón caminando, con peinado de medio lado, por entre las casas, seguido por decenas de policías con cachucha y camarógrafos. A Gina Parody, que “hará una convocatoria para emprendimiento por dos mil millones de pesos”. A David Luna en reuniones. Y se tuitea: “#Estamos en Buenaventura”.

Todas estas palabras e imágenes refuerzan la idea de un lugar y situación excepcional, sui géneris, que merece tratamiento especial. En palabras de un dirigente mediático, existe “una especie de Estado excepcional” y es necesario que “el Ejecutivo” mande “en el terreno”. Tomando dos pasos hacia atrás y hacia los lados, es posible (sin embargo) delinear otras conclusiones. Unas que enmarquen a Buenaventura dentro del Pacífico colombiano y presten atención a intercambios y flujos entre puertos, centros, veredas, plantaciones. Que ponderen las continuidades entre esta ciudad y otras del Caribe, la Orinoquia, la Amazonia o el Altiplano (del lado boyacense). Pensar, por ejemplo, en su larguísimo nombre oficial: “Distrito Especial, Industrial, Portuario, Biodiverso y Ecoturístico de Buenaventura”, que resume un proyecto de Estado para la ciudad (que no es especial, sino el mismo que se intenta en tantas otras partes).

Un proyecto de espacio “biodiverso”, de selva, mar o llano, que alberga “nuestra” riqueza, “nuestras” especies. Unas tierras que, usualmente habitadas por poblaciones afrocolombianas, comunidades indígenas o campesinas, se imaginan listas para el disfrute y el “ecoturismo”: “Colombian Paradise for You”. “Santuarios naturales” en el Chocó, La Guajira, Bolívar. Un proyecto de ciudad “industrial”, pero sobre todo “comercial”, no sólo de libre comercio acordado en tratados, sino también de estupefacientes y otros contrabandos. Urabeños, Rastrojos y disidencias están en el Caribe, Antioquia, Norte de Santander, Chocó, Valle del Cauca, Nariño Vichada, Meta y Guaviare. Pueden, entre ellos, alcanzar ciertos consensos frágiles o entrar en disputas abiertas, como sucede en estos momentos en Buenaventura.

 

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