Por: Mario Fernando Prado

Buenaventura a oscuras

De nuevo, el primer puerto de Colombia está a oscuras: desde hace tres días padece y sufre el maldito karma del ensañamiento guerrillero que no lo ha dejado en paz en los últimos años.

La narcoguerrilla que hoy está sentada a manteles en La Habana, discutiendo si produce y trafica coca, heroína y marihuana o jamás lo ha hecho (!), dejó sin fluido eléctrico a la ciudad puerto, perjudicando a sus cientos de miles de habitantes.

La voladura de las torres y la implantación de minas para impedir sus reparaciones, más que un acto vandálico y asesino, es un nuevo desafío al Gobierno y, lo peor, a la institucionalidad nacional.

¿Cómo hacemos para comprender la actitud de quienes supuestamente quieren la paz con semejantes actos de guerra?

Y es que los damnificados no son ni el Gobierno, ni la Policía, ni el Ejército, ni la oligarquía, ni las clases poderosas: es Juan Pueblo —el mismo que dicen defender y del que son supuestamente sus aliados—, el que sale perjudicado.

Ayer fue Tumaco, que soportó más de 20 días el regalo farquiano, y hoy es Buenaventura. ¿Qué vendrá mañana? Porque estos bandidos están imponiéndose en la mesa de “arrodización” —diré, de negociación— a punta de chantajes como este. Y mientras tanto, la Fuerza Pública está maniatada porque puede ocasionar que los responsables de tales atrocidades se pongan dignos y se retiren de la mesa. ¿Habrase visto mayor desfachatez?

Una cosa es hablar de paz —que, repito, la queremos todos— desde los salones del Palacio de Nariño y otra, desde las barriadas de esta ciudad que clama justicia, que ya no aguanta más y que no entiende porqué la solidaridad no existe para con ellos, en cambio para los guerrillos hay mano tendida, subsidios, impunidad, perdón y olvido.

Que quede claro: Buenaventura está a oscuras y para los autores de estas tinieblas hay un aguante y una tolerancia que hace pensar: ¿quién manda aquí?

 

Mario Fernando Prado*

 

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