Por: Uriel Ortiz Soto

Buenos días Señora Muerte

Sé que debo tratarte con respeto y delicadeza, porque de ti, depende que siga viviendo en este mundo, que aunque lleno de engaños y falsedades, es el paraíso ideal donde cada quien proyecta su calidad de vida de conformidad con sus propios actos. 

Después de pensarlo mucho he resuelto escribirte, no para desafiarte, pero tampoco para  felicitarte, ni mucho menos para simpatizar contigo. Cuando te pienso, me da tembladera, y me produce terror al saber que por tu decisión algún día debo abandonar este inmenso y bello paisaje para ingresar a la “comarca de las miserias humanas” y morar para siempre en una de las fosas de la delincuencia organizada, o si tengo suerte en un hueco de máximo dos metros, o convertido en cenizas para ser lanzadas al viento. Lo más grave de todo es, que no sé, quién deba venir por mí, si tú, señora muerte, o uno de los millones de asesinos que andan sueltos sin dios, ni patria, ni ley, aplicando justicia por su propia mano. Mucho antes de los tiempos de la Seguridad Democrática, por lo regular eras tú, quién venía por todos los mortales. Hoy en día cualquier descarriado, asesino o sátrapa,  lo puede hacer, simplemente  por ensayar un arma; inventarse un falso positivo; víctima de un deudor o acreedor; o cualquiera otra patraña de las que pululan en los bajos fondos, muchas veces con la complacencia de los tribunales de la justicia y altas esferas del Estado.
De Usted, se habla mucho, Señora Muerte, En toda clase de reuniones: religiosas, sociales, económicas y políticas; en las galladas de todos los estratos sociales; siempre eres el personaje central, pero, produces terror e ironía. Te dicen traicionera, porque en el día y hora menos pensada apareces mostrando tus fauces y alzas con los seres humanos, eso sí, - que es por lo que más te admiro-, sin importar credo, raza, religión, o fortuna. Aseguran que cumples órdenes del más allá, y que cuando a alguien le llega el turno, no hay médico que lo cure, ni abogado que lo defienda, ni sitio seguro que lo guarde de tus garras, eres inclemente, a quién  le apareció la pelona, no le valen, ruegos, ni súplicas.

Sin embargo, Señora Muerte, no quiero darte más rodeos sobre el motivo de la presente. Espero eso sí, me guardes el secreto por lo que voy a decirte, para no pasar de soplón, ni de sapo, escúchame  bien: hay un País ubicado en el planeta tierra llamado Colombia, para más señas, está en la región andina del Continente Americano;  desde hace varias décadas, te están haciendo competencia. Existen cientos de grupos de exterminio que llegan a cualquier hora del día, o de la noche, y sin siquiera invocar tu nombre, alzan con sus víctimas, sometiéndolas muchas veces a los más inhumanos martirios y descuartizamientos en presencia de sus familias: padres, hermanos, esposas e hijos menores. Por eso, a veces me da la impresión que te haces la de la vista gorda, o te tienen comprada, para que pases de agache.  Tu función justiciera y precisa como lo fue en otras épocas, ha perdido tal prestigio, que ya te imitan hasta por una irónica mirada, o por el simple robo de un vaso de agua para mitigar la sed de quienes imploran justicia. Estás tan desacreditada Señora Muerte, que te confunden hasta con los falsos positivos para cobrar recompensas; los sicarios ejecutan a sus víctimas por un almuerzo y muchas veces fían el trabajo, o dan crédito para pagarlo por cuotas. 
Como te parece, que si te enumero los principales grupos criminales, ejecutores de muertes inocentes sin tu consentimiento, son tantos los miles y millones de víctimas, que podríamos fundar el país de los desplazados de la muerte, con varios departamentos, que se llamarían en su orden por el número de ejecuciones: el de la guerrilla, paramilitarismo, narcotráfico, falsos positivos, Justicia privada, delincuencia común organizada, corrupción administrativa, abuso sexual y maltrato de menores, explotación y trata de blancas, sicariato; por abandono de hogares, por robo y atraco a mano armada; por agresiones personales; por violación de las señales de tránsito; por exceso de consumo de narcóticos; por violación de las normas del medio ambiente; por exceso de alcohol y últimamente la muerte de las barras bravas de los estadios de futbol, y qué decir de las que se cometen en los colegios por las galladas de barrios.  

En fin, toda una racha de muertes, que, para tu vergüenza, has perdido autoridad moral y ya nadie te respecta, porque son miles las organizaciones que han resuelto cumplir tus funciones y todo se resuelve en un abrir y cerrar de ojos. Me preguntarás ¿qué pasa con la justicia del Estado? Debo responderte con sinceridad Señora Muerte: cuando llega es lenta y tardía; en algunos de casos se aplica, pero, en otros se negocia. 

En síntesis señora muerte, tienes que ponerle más seriedad y orden a tu trabajo, creo, que si hay funcionarios bajo tu mando, deben estar pasando hambre por la competencia de la justicia privada que en nuestro País ya se está institucionalizando a pasos agigantados.

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