Por: Diana Castro Benetti
Itinerario

Buenos y malos

La pureza no existe. El fanatismo por la limpieza es la histórica manía de las sociedades que buscan alejarse de todo lo que consideran sucio, feo, desordenado o deforme. Rara decencia medida en blancos: la ropa, el muro, la piel, como si las manos limpias ahuyentaran la inmoralidad.

Reconocer las fronteras de lo ético es un ejercicio cotidiano de coherencia personal y de enorme responsabilidad colectiva. Hay que pararse en lo permitido para dialogar con lo inaceptable o al contrario, como en un viaje de búsqueda necesario para quien no traga entero falsedades, miedos atávicos y cuentos de monstruos vestidos de negros, mujeres, viejos, locos, raros o extranjeros.

Y es que nadie nace con la maldad puesta; inocentes desde el útero, tenemos el derecho a comer, dormir, crecer, sonreír, ser cuidados, hablar y vivir. Tenemos el derecho a la libertad que se construye en los acuerdos con los demás. Es con los días que se construye lo bueno. Purezas y bondades que se van cristalizando como belleza, anhelo y normalidad, y que, muchas veces, también van anidando prejuicios y dogmas como si vivir fuera una creencia. Legados culturales llenos de odio que se reproducen sin querer.

La maldad no es mandato divino y las oraciones no garantizan su desaparición. Somos obras en construcción, hechas a punta de diálogo, de ir, de venir. Intentar la frontera entre bien y mal es el filo de la navaja. Los buenos emprenden cruzadas y guerras, y los malos son siempre los otros. Por eso, sin absolutos y con riesgos, hay que matizar y amaestrar al pequeño Mefistófeles que llevamos dentro.

Cada día elegimos con sabiduría o a tientas, pero elegimos. Decidir, por ejemplo, si sonreímos o vivimos la traición; nos hacemos los locos o acusamos el desorden. Decidimos opiniones, familia, pareja y país y nos vamos llenando de guiños para excluir y agredir. Todos malos, todos buenos, limpiamos lo feo porque creemos más en la manía de los mundos perfectos que en la libertad de la exploración. Hay que aguzarle el ojo al propio diablo para tal vez erradicar la miseria, la ignorancia y el dolor, para tal vez así poder finalmente elegir la compasión por el otro, para poder ser y vivir la humanidad. Tal vez.

 

otro.itinerario@gmail.com

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Diana Castro Benetti

El estallido

Todo toma tiempo

Una perversión

El don

El querido diario