Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Bufón de republiqueta

Ya no es solo el zurrungueo guitarrero, ni el desafinado canto de vallenatos, ni las “cabecitas” (que en nada le sirve la suya para elaborar un pensamiento), ni su doble faz frente al fracking, ni su abierto neoliberalismo, ni las “treintaiunas” balompédicas, ni su cabalística tontería sobre el siete (descubrió que las notas musicales son siete, como siete los colores del arcoíris y así…). No. Hay más. Y cada vez anda peor.

Puede decirse que ha sido una caricatura de sí mismo. Un chiste ramplón. Un acólito que, ante el sumo sacerdote, el pedante y monstruoso presidente de los Estados Unidos, apenas fue un turiferario. Que, por lo demás, no sabe ni volear el incienso. El patrón lo regañó. Y más bien lo envió a servirle de muestra gratis frente a Venezuela. A que armara esperpentos musicales en el puente internacional y, de paso, acogiera al discípulo de la CIA, el ahora conocido como el rastrojo Guaidó.

Fernando González, en Los negroides, un polémico libro publicado en 1936, decía que “la emoción del conocimiento es lo que embellece”. Y hablaba, además de tantos tópicos, muchos aún vigentes, que la simulación ha sido parte de nuestra idiosincrasia. El sujeto de marras, devenido presidente de la republiqueta de Colombia, experto en “osos” internacionales, es una suerte de hazmerreír, de propalador de ordinarieces que dan pena ajena. Y, de contera, es un simulador de pacotilla. Pela el cobre en cada salida.

Al man este, como pudiera decir algún gañán de vereda, lo tienen de cuentachistes sin ingenio. No le queda bien ningún vestuario y sus descoloridas escenografías se van al piso. La pose no le sienta. Su más reciente descalabro lo protagonizó en la ONU, donde mostró, como si fuera una continuación de los “falsos positivos”, en otra dimensión, fotografías del ELN como si fueran en Venezuela. Su descrédito aumentó cuando se supo que tales gráficas habían sido tomadas en Colombia. Y si bien todo el mundo sabe que allá, en la tierra del Libertador, hay elenos y farianos que retornaron a la lucha armada, queda muy mal parado un jefe de Estado con sus mentiras y despropósitos.

Si Turbay fue, en sus tiempos, un pábulo de maravilla para la ingeniosidad popular en la creatividad chistosa, el denominado “subpresidente” sí que lo ha superado con creces. El caricaturista Argón ha dicho: “Después de ver esos informes tan precisos que presentó Duque ante la ONU, lo que me preocupa es que, en caso de guerra con Venezuela, por atacar Caracas podemos terminar bombardeando Popayán”. Nada raro sería que enviara pilotos suicidas a chocar contra la piedra del Peñol.

Alimentador de memes y chascarrillos, las embarradas y desbarres del hombre-marioneta, son pan cotidiano en un país cuyas mayorías están sumidas en miserias y otras carencias. Son parte de la risa que a veces tiene sus efectos terapéuticos. Un meme, cuya imagen original corresponde a José Feliciano, con sus gafas oscuras, guitarra, bufanda y junto a él un niño (en una interpretación de Feliz Navidad), dice con guasa: “Duque presenta foto de Santrich reclutando niños en la frontera”.

Como diría el Tuerto López, el “subpre” es la “eminente nulidad de un político”. Que, aparte de su “ridículum vitae” internacional y su penosa chambonería, carga con un principio de cuatrienio aterrador y desbocado en medidas antipopulares. Sin contar, por ejemplo, el sartal de asesinatos de líderes sociales, la represión a los estudiantes, la persecución al magisterio, el arrodillamiento ante los emporios económicos y la sumisión desvergonzada a los dictados de Washington.

A un funcionario que ni siquiera sus subordinados le dicen presidente (porque el presidente sigue siendo Uribe), especie de reyecito de burlas, lo tienen en el ámbito internacional como un bufón sin talento, que igual los hace gozar cuando, por ejemplo, descubre que eran siete los enanitos de Blancanieves. Cómo será su condición de sonsera, que hasta alguien como Maduro, que no es ninguna lumbrera, lo llamó “imbécil” por el caso de las fotos falsas. “Es allá, Iván Duque, que tienes a tu país en guerra, tu estado fallido, ocho millones de desplazados”, le enrostró el presidente venezolano.

En una columna publicada en el diario ADN (titulada Gobierno mañé), el escritor Álvarez Gardeazábal anotó: “la expresión mayúscula de lo mañé la puesta en escena, en un potrero, del tapete rojo que se usa en Casa de Nariño y de la guardia presidencial para recibir de manos de Los Rastrojos al mismo señor Guaidó”. No solo es un “gobierno mañé”, sino retardatario y que siempre le está haciendo el “¡fo!” a las aspiraciones populares de tener una vida digna, en paz y con justicia social.

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