Por: Patricia Lara Salive

¡Burradas que matan!

AHORA CUANDO LA INSEGURIDAD nos devora y nos enteramos de que la tercera parte de los delitos del país los cometen menores de edad, se puso de moda creer que a los infractores adolescentes hay que castigarlos como a los adultos.

Incluso, la senadora del Partido Verde Gilma Jiménez preparó un proyecto de ley que aumenta las penas para los niños. 

Eso, ni más ni menos, es una burrada, pues aplica un remedio demasiado fácil para una enfermedad supremamente compleja. Y, por supuesto, ¡puede resultar peor que la enfermedad!

A propósito del tema, el psiquiatra Fabio Eslava me mandó un texto esclarecedor del profesor de Columbia University Jeffrey Fagan: “Enviar a un joven a una corte criminal para adultos —dice— es usualmente irreversible y expone a los menores infractores a formas de castigo severas y a veces tóxicas, para no mencionar las desagradables influencias de los pares que en muchos casos tienen el efecto perverso de incrementar la actividad criminal”. Estudios de Fagan demostraron que niños tratados como adultos criminales fueron arrestados de nuevo más rápidamente, con mayor frecuencia, y por delitos más graves, y regresaron más a menudo a prisión que los niños llevados a cortes para jóvenes. Para Fagan, esa evidencia es más contundente cuando se trata de crímenes más violentos.

Dice él que debido a una inmadurez biológica en el desarrollo del cerebro, los menores razonan menos y tienen una menor capacidad crítica que los adultos. “El cerebro de los adolescentes —afirma— es inmaduro precisamente en las áreas que regulan los comportamientos que tipifican a los adolescentes que infringen la ley”. Según el profesor, los jóvenes entre 16 y 17 años, que forman el grupo de edad que con mayor frecuencia se castiga con penas de adultos, “carecen a menudo de varios elementos de desarrollo psicosocial que caracterizan a los mayores, y que incluyen la capacidad de tomar decisiones autónomas, de manejarse a sí mismos, de percibir los riesgos y de calcular las consecuencias”. El académico insiste en que los adolescentes sobrestiman las recompensan y subestiman los riesgos, y exclama: “¡Imaginemos qué tanto juega eso en la decisión de cometer crímenes, especialmente cuando están con sus pares”.

El profesor sostiene que “mientras los legisladores tienden a llevar a las cortes penales para adultos a adolescentes cada vez más jóvenes, las evidencias sociales y biológicas se mueven en la otra dirección. Y concluye: “Ya es tiempo de que la ley cambie de rumbo y siga a la ciencia”.

Es una reflexión para analizar antes de que nos equivoquemos y nos sumerjamos en una inseguridad mayor. Mientras tanto, es indispensable lograr que la justicia y la Policía sean eficientes, de modo que se capture y castigue a esos capos que no tienen perdón porque son los que manipulan a los niños y los envían a que disparen los gatillos y sirvan de carne de cañón.

Ahora, lo que de verdad disminuiría la delincuencia y la violencia, sería que se aplicara un tratamiento de choque para que nuestros niños no sean dejados a la deriva por progenitores ausentes, muchos dedicados al rebusque, y por madres adolescentes, maltratadas, que maltratan a su vez. Lo que de verdad cambiaría nuestro sino de violencia sería que el Gobierno modificara sus prioridades y volcara la mayoría de sus esfuerzos a cumplir el objetivo principal: que nuestros niños crezcan con afecto y convencidos de que tienen futuro.

 

Buscar columnista

Últimas Columnas de Patricia Lara Salive

Gracias, presidente Santos

Prefiero a Petro

Iván Duque, ¿su padre hizo esto?

El voto en blanco: ¿bobada o cobardía?

¡Agradézcale a la JEP, señor fiscal!