Por: Alfredo Molano Bravo

Burritos, al potrero

La primera vez que atravesé la prolongación de la carrera 11 hacia el norte de Bogotá —obra que hacía mucho tiempo era indispensable—, sólo se veía una columna gigantesca con unos cables de hierro.

Pensé que se trataba de una nueva escultura en honor de los hombres de acero, porque en todo cuartel, batallón, caserna, los militares han dado en construir monumentos tan costosos como inútiles. No sé si estas obras tienen que ver con la defensa nacional o se trata de una modalidad de autoelogio a sus glorias y victorias. Como no sé nada de estrategia ni de táctica porque, como dice el poeta Roca: “Nunca fui a la guerra, ni falta que me hace”, presumí lo segundo. Pero estaba totalmente equivocado. Se trataba de un puente peatonal entre las construcciones que la avenida cortó sin consideraciones bélicas. Un puente al estilo de los que ha puesto de moda el arquitecto catalán Santiago Calatrava, que sí sabe hacerlos y le quedan aéreos y transparentes. El del Cantón Norte iba para allá, pero los cálculos fallaron. Un error lamentable y trágico. Yo me imagino que por ser un trabajo para facilitar el paso de soldados de lado a lado sin contaminarse con la vida civil, los militares aprobaron los planos, los cálculos de resistencia —una materia en la que son duchos— y seguramente eran también los interventores. Pero parece que no, que dejaron eso en manos de la firma contratada y punto. Digo lamentable porque una de las posibilidades para que la paz venidera no le tocara un pelo al gigantesco presupuesto de guerra era que el Gobierno los pusiera a hacer obras civiles, como carreteras, calles, túneles, viaductos, puentes, aeropuertos, hospitales, escuelas, en fin, lo que necesita el país para salir al mundo. El general Alzate —un precursor— lo tenía en la cabeza, o por lo menos eso dijo y así quedó: estaba buscando contactos para llevar a Las Mercedes, un encantador puertico sobre el río Atrato, la luz. Digo trágico también porque en lugar de probar la obra con talegos de arena, o con fusiles metidos entre talegos, o balas de cañón sin fulminante, pues la empresa, ni corta ni perezosa, resolvió mirar con soldados si su obra se caía. El oficial encargado de la seguridad del área aceptó la propuesta y en fila, uno tras otro, cargados de lastre —para ahorrar fuerza disponible— se mandó a pasar el puente. Esa es una figura victoriosa y memorable desde la Batalla de Boyacá, pero no muy gloriosa si se trata de prueba de resistencia de materiales. Y no fue una marcha, sino dos. En la primera se reventó uno de los cables, pero el ingeniero residente debió insistir en que las matemáticas no pueden fallar y pidió por celular —era un domingo a las 4 de la tarde— que se repitiera el acto con más peso. No ya con 40 soldados, sino con 80 unidades. Y el puente se vino al suelo con todo y personal. La responsabilidad de la obra civil es, claro está, de la empresa constructora, que hizo el cálculo asumiendo que por el puente nunca pasaría al mismo tiempo tanta gente; pero la otra culpa, la de aceptar que fueran soldados los que hacían la prueba, es de los militares. La llamada sociedad civil tiene por tanto el derecho a preguntarse —como lo ha hecho— que si eso pasa delante de todo el mundo, a la luz del día, ¿cómo serán las órdenes que recibe la tropa en el campo de batalla? Más aún, si esa irresponsabilidad se comete con su propia gente, habrá que imaginar el trato que reciben los civiles en una zona de guerra.

Punto aparte. Era previsible que Petro respondiera con la frase chapucera y alevosa a la sentencia de la Coste Constitucional que falló en favor de las corridas de toros en Bogotá. También se sabía que desde hace días está detrás de montar una consulta nacional sobre el tema, que no será otra cosa que una plataforma para su candidatura presidencial. Petro no tiene sino un principio: el poder a toda costa, inclusive pasando por encima de las minorías y de las tradiciones populares.

 

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