Por: Arlene B. Tickner

Bye Bye Irak

 El retiro de las últimas tropas de combate de Irak coincide con el estreno en Colombia del thriller político La ciudad de las tormentas, que se basa parcialmente en la aún más incisiva novela, Vida imperial en la ciudad esmeralda.

Además de explorar la “invención” ya documentada de la amenaza iraquí por parte del gobierno de George W. Bush, tanto la película como la novela muestran a un Estados Unidos resguardado dentro del enclave amurallado construido por Saddam Hussein —la infame “zona verde” del Pentágono— tomando sol en la piscina del ex dictador y tragando fast food (importado por Halliburton), completamente aislado de la realidad de la guerra, desconocedor de las condiciones locales, y con una actitud imperial que se traduce en la imposición de fórmulas foráneas por encima de las opiniones y necesidades de los iraquíes.

Siete años y US$900.000 millones después, la guerra deja como balance más de 4.400 soldados estadounidenses y entre 100.000 y 600.000 civiles iraquíes muertos, y 2’800.000 desplazados (casi 10% de la población). La decisión del presidente Obama de “retirarse” es en parte simbólica: aún quedan 50.000 soldados y 75.000 contratistas privados en Irak. Más allá de cumplir con una de las promesas de su campaña, tal vez pretenda darle a una historia trágica un final “feliz” —ojalá a tiempo para las elecciones de noviembre— por más artificial que ésta sea. Sin embargo, los hechos muestran otra cosa.

Si bien los indicadores de violencia han bajado y la administración de la seguridad pública se ha trasladado exitosamente a las recién creadas fuerzas de seguridad nacionales, la misma cúpula militar iraquí ha expresado dudas de poder operar sola. De hecho, y a pesar de los avances, sigue habiendo un nivel considerable de ataques cometidos por grupos insurgentes —los cuales no han sido desmontados— así como muertes de civiles.

Más preocupante aún, tanto el Estado iraquí como las fuerzas de ocupación han sido incapaces de satisfacer las necesidades básicas de la población. El servicio de electricidad es deficiente en todo el país; la mitad de la población carece de acceso a agua potable y vivienda adecuada; el 80% no tiene alcantarillado, 70% no tiene acceso a salud y sólo 30% de los niños en edad escolar asisten a clases.

A pesar de que hubo elecciones libres en marzo, las distintas facciones políticas del país siguen sin poder formar un gobierno de coalición. Frente a su inacción (y una corrupción rampante) la actitud que predomina lógicamente entre los iraquíes es el escepticismo, el cual se registra en la baja confianza que tienen en el gobierno nacional. Que en todo caso es mayor a la que manifiestan hacia Estados Unidos.

Lejos de terminar, los problemas asociados con el proceso forzoso de (re)construcción estatal que se inició en 2003 en Irak apenas comienzan. Entre las lecciones que deja este más reciente episodio de imperialismo yanqui es que tanto Estados Unidos como otros países “ilustrados” deben reconsiderar el negocio de construir Estados en el mundo, sobre todo mediante el uso de la fuerza. El papel no les corresponde, les queda feo y, peor, suele ser contraproducente.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Arlene B. Tickner