Por: María Elvira Bonilla

'Bye bye Uribe'

LA DISTANCIA ENTRE LOS DOS ES cada día más grande, como en la canción.

Con una inocultable frialdad el presidente saliente Álvaro Uribe le dio un saludo puramente protocolario al entrante jefe de Estado, Juan Manuel Santos, una vez éste concluyó su discurso de posesión. Discurso que dejó en claro, de manera oficial, que Santos no es Uribe. Son diferencias no sólo de estilo sino de fondo.

Empezó por revivir los tres ministerios, Justicia, Medio Ambiente y Trabajo que equivocadamente Uribe fusionó.

La siembra de rencores y la profundización de rencillas y acusaciones pendencieras a quien no se arrodilla, acentuadas en la agonía de la era uribista. Llegó la hora de enterrar los odios y de concertar, dijo Santos. Su primer acto de gobierno no será en Valledupar instalando la red de cooperantes sino en las Altas Cortes, adonde acudirá en señal de respeto y reconocimiento de la independencia de los poderes. El presidente Correa regresó a Quito con los discos duros de los computadores del comandante guerrillero Raúl Reyes, listo a restaurar plenamente las relaciones diplomáticas entre los dos países, y el hirsuto presidente Chávez anunció viajar a Bogotá de inmediato para avanzar en el restablecimiento de las relaciones. Inútil resultó el precipitado ejercicio verbal de la OEA, en las vísperas del cambio de gobierno, que sólo produjo la ruptura diplomática con Venezuela.

La política agraria sufrirá un vuelco total. Se volvió a hablar de tierras y de agua. Atrás quedó la arbitrariedad de un Andrés Felipe Arias, quien con total desfachatez orientó los esfuerzos y recursos oficiales a fortalecer sólo a las grandes empresas agrícolas y ganaderas con créditos privilegiados, subsidios y exenciones, y construcción de billonarios distritos de riego para favorecer a pocas fincas. Los campesinos, la gente del campo, volverá a tener el protagonismo al que tienen derecho. Se buscará que retornen a sus pueblos y veredas y que puedan recuperar las tierras arrebatas por paramilitares y narcotraficantes. En tiempos del ex presidente Uribe y de Arias, los campesinos eran mirados con resquemor y desconfianza; detrás de las manos callosas, los sombreros, los ponchos o las ruanas, sólo creían ver auxiliadores de la guerrilla, con lo cual cualquier apoyo desde el Estado se confundía con debilidad en el combate al terrorismo. La gente humilde del campo, incluidos los miles de desplazados, en esa torcida e ideologizada óptica, no eran vistos como lo que son, víctimas del conflicto sino como encubridores y auxiliadores de guerrillas y por ello debían ser excluidos y  perseguidos. Los pobres, tanto rurales como urbanos, sólo merecían los dineros del pequeño subsidio de Familias en Acción, que los convirtió en mendicantes de las migajas del banquete presupuestal del Estado, anulados como fuerza económica, política y social, dinámica y creativa.

Santos habló de la reconciliación como propósito. Palabra prohibida, asimilada a complacencia con la subversión. “La puerta del diálogo no está cerrada con llave”, reafirmando que todo conflicto, por más sangriento, termina en una mesa de diálogo. El aplauso a Uribe ex presidente al que incitó Santos al final de su discurso será el último, porque el adiós va en serio. Bye bye Uribe.

 

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