Por: Antonio Casale

Cabal, Farah y los japoneses

Los grandes logros del deporte colombiano se habían conseguido en disciplinas individuales. Por ejemplo, en ciclismo el trabajo de un equipo es importante para que el capo de escuadra consiga objetivos, pero los logros son individuales y las medallas son para el Nairo o la Mariana que las consiga. Son memorables las páginas que se han escrito en el ámbito individual, sobre todo en esta era dorada del deporte nacional. En deportes de equipo había un pendiente.

Pero lo de trabajar en equipo no es propiamente una especialidad en nuestro país. No solo en el deporte, en todos los ámbitos predomina la codicia, el festival del codo para sacar ventaja sobre el compañero y todo tipo de mañas que de alguna manera hemos tenido que sufrir, e incluso de manera inconsciente, porque esto hace parte de nuestra sociedad, hemos sido parte de los victimarios en alguna ocasión. Debo confesar que cuando era niño, en segundo de primaria, un día pinché intencionalmente el balón de fútbol de Leonardo Espinosa porque mi única manera de tener puesto en la titular durante el recreo era ser el dueño del balón. Mi nivel no daba para más y en el salón había dos pelotas: la de Leonardo y la mía. Logré el objetivo pero mi equipo, que con Leonardo en la cancha era un poco más decente, perdió por una goleada histórica. Yo era el arquero. El profesor de Educación Física se dio cuenta, me expuso ante todos mis compañeros; la lección quedó aprendida: había que ganarse el lugar en el equipo a punta de trabajo y sin codear a nadie, pero el daño ya estaba hecho. Perjudiqué a mis amigos. Otros no tienen la fortuna de tener a un profesor como el que tuve yo, es un problema de educación. Los colombianos somos creativos, emprendedores, trabajadores, alegres y cuando nos metemos algo en la cabeza lo sacamos adelante, como sea. En ese “como sea” está el problema; el “como sea” nos tiene jodidos y de paso jode a los demás. La necesidad de reconocimiento insaciable que tenemos los colombianos no tiene límites.

Por eso el título en Wimbledon y el número uno del mundo en el ranquin de dobles de la ATP, del cual disfrutarán a partir de hoy Juan Sebastián Cabal y Robert Farah, tiene un valor enorme como espejo de valores. Los tipos cocinaron esto a fuego lento. Ha pasado casi una década desde que se decidieron a trabajar juntos por una carrera en dobles, incierta como todas las del deporte. En el circuito, solamente los legendarios hermanos Bryan llevan más tiempo trabajando juntos que Cabal y Farah.

En todos estos años han tenido que luchar con sus propios egos y los de su compañero, tomar decisiones sobre cuáles torneos jugar y cuáles no, qué día viajar, qué hotel escoger, cuándo dormir en habitación compartida y cuándo no, escoger a sus entrenadores, preparadores físicos y fisioterapeutas, velar para que sus parejas se lleven bien, perder y seguir perdiendo batallas importantes en las que uno estuvo mejor que el otro y saber gestionar el hecho de tener que levantar a su compañero, decidir las rutinas de entrenamiento, los horarios y tantas otras cosas que no se ven en la cancha durante tantos años. Todas las decisiones de sus vidas las toman juntos en pro de sus sueños profesionales. Decidir entre dos implica que una de las dos partes muchas veces tiene que agachar la cabeza y esa agachada de cabeza debe ser rotativa.

Ellos dicen en las entrevistas que trabajar en equipo ha sido relativamente fácil porque son amigos desde niños y sus personalidades se complementan. Cabal es paciente, Farah es temperamental. Mentira, ellos lo han hecho fácil; que es distinto. Siempre se nos pide mirar a los japoneses como ejemplo de lo que significa trabajar en equipo para conseguir grandes logros. Bueno, pues ya no hay que ir tan lejos, con Cabal y Farah tenemos, y son hechos en Colombia. Avanzamos, a paso lento pero avanzamos.

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2019-07-14T21:05:00-05:00

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