Por: Pascual Gaviria

Cabo suelto

EL 21 DE JUNIO DE 2001 EL PERIÓ-dico El Tiempo publicó en una de sus páginas una larga lista de cabos, soldados, agentes, auxiliares, sargentos y tenientes secuestrados por las Farc.

Cada uno estaba acompañado de su fecha y lugar de infortunio, y de la suma de los días de encierro al aire libre. Era el catálogo de 287 perdedores en una rifa sistemática con sorteos mensuales. Allí estaba el cabo Pablo Emilio Moncayo Cabrera como un nombre más. La vida de la gran mayoría de esos soldados y policías ha retomado su curso normal de anonimato. Bien sea en el ejército, en el subempleo, en el mostrador de un pequeño almacén, en la parcela familiar o en el taxi.

La familia Moncayo, por su parte, terminó convertida en una marca política, un signo todavía vigente del duelo de extremos que marcó el gobierno de Álvaro Uribe. Es por eso que seis meses después de la liberación, cuando el ahora sargento Moncayo está en el exilio, siguen deslizándose amenazas bajo la puerta de su casa en Sandoná. Y uno se pregunta: ¿Cómo fue posible que una pareja de maestros de un pueblo de Nariño, padres de un cabo de la Policía y de tres mujeres con el sueño de ser profesionales a medio camino, terminara en el centro del más candente debate nacional durante buena parte del gobierno anterior?

La respuesta tiene ingredientes de cartilla política y devocionario popular, tiene visos de sainete y drama, y a la familia Moncayo como merecedora de culpas, méritos y compasiones. A mediados de 2007 el profesor Gustavo Moncayo se convirtió en un peregrino de esclavina, sombrero y bordón. Las señoras se paraban a pedirle bendiciones, los niños de los colegios agitaban las banderitas de Colombia a su paso y hubo quienes lo llevaron hasta la pieza del moribundo para que le impusiera las manos: “Sóbese las rodillas con un poco de agua y tenga fe, que mi Dios les ayuda a todos”, fue el humilde consejo del nuevo santo. A los caminantes pegados a la marcha se les llamó discípulos y entrando a Cundinamarca un palomo blanco se posó en el hombro de Moncayo para coronar la correría con el Espíritu Santo. No sabemos si se cagó sobre su poncho de caminante. El profesor insistía en que no era un héroe ni un santo, pero el país ya estaba fascinado, desde monseñor Augusto Castro hasta Shakira. Moncayo movía más público que la Vuelta a Colombia.

El profesor había encontrado un aura, era tiempo de dar paso a los discursos. Lo que en un primer momento fue una reivindicación familiar avalada por el dolor y la estética de Semana Santa, se convirtió en un pulso político con la consabida ronda de demonios y oportunistas. Al llegar a Bogotá el profesor ya hablaba como un caudillo: “Pienso que he perdido mi libertad en pro de la paz del pueblo colombiano, porque ya no dependo de mí, sino de la voluntad del pueblo”. Ahora los discípulos de Moncayo eran gobernadores, concejales, alcaldes, candidatos de toda estirpe. Moncayo se convirtió en la figura más vendedora de la oposición y su debate, enfrentado a Uribe en la Plaza de Bolívar, fue uno de los careos más difíciles de un presidente encarador. Los editoriales hablaban del primer aprieto del gobierno frente a las manifestaciones públicas.

El peregrino logró que Uribe hablara de despeje por una única vez y que las Farc entregaran a su hijo. De algún modo venció la resistencia de las partes enfrentadas. Pero terminó como un símbolo de uso sencillo, se ganó un lugar poco privilegiado en la guillotina de la política y convirtió su correría en carrera. 7.140 votos como candidato al Senado y un coro peligroso que grita fariseo son el triste final de la historia.

 

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