Por: Pablo Felipe Robledo

A cabrestear al potrillo

La semana pasada dije: “Al escribir esta columna, los datos globales mundiales del coronavirus ascendían a 168.000 infectados y 6.500 muertos. Tristemente, al momento en que la lean, esas cifras estarán desactualizados por la furia con la que avanzan”. No me equivoqué, pero sí me quedé corto.

Ahora debo decir, aterrorizado, que los contagiados son 380.000 y los muertos 17.000. Es decir, los contagiados y muertos de la última semana superan a todos los que había desde que inició la crisis.

He sido un crítico no piadoso de la forma en que el gobierno Duque ha manejado la crisis derivada de la galopante expansión del coronavirus. Mi fuerte posición ha sido criticada por varios funcionarios del Gobierno, así como por personas que me dicen que, en estos momentos, lo que se requiere es mucha solidaridad con el presidente.

A los primeros les he contestado o mandado a decir que me es indiferente si en el gobierno Duque se molestan o no conmigo, pues mi preocupación es la gente; y a los segundos, les he dicho que estoy de acuerdo con que la solidaridad es un activo social para salir de la crisis lo mejor librados.

Sin embargo, discrepo de lo que algunos entienden por solidaridad. Si solidaridad es creer en privado que el Gobierno se ha equivocado, pero salir en público a decir que ha acertado, lamento informarles que eso es zalamería, lambonería, hipocresía o comodidad, jamás solidaridad. No estoy diseñado ni para cohonestar con lo que creo está mal, ni para felicitar a nadie por incumplir sus obligaciones. Mucho menos para aplaudir a funcionarios incapaces de tomar las decisiones que corresponden en el momento oportuno, que es lo que ha venido pasando en el Gobierno, pues no han entendido que, en esta crisis, el tiempo es más que oro: vidas.

A pesar de las críticas que algunos me hacen, seguiré diciendo lo que creo está mal hecho, pidiendo que se tomen las decisiones que considero no se han adoptado y dando ideas. No dejaré que a mi conciencia llegue la sensación de que opté por quedarme callado para no molestar al poder o a los poderosos con mis opiniones, y mucho menos en este momento de la historia que no es otro que el más difícil vivido por esta generación, pues a pesar de otros también complejos, en este estamos todos -no solo el Gobierno- peleando contra un enemigo desconocido que avanza desbocado, lo que obliga a exigir a nuestros gobernantes no solo la toma de decisiones correctas, sino oportunas. En esta crisis, como ya lo dije, basta tan solo una semana para que el problema se duplique.

Así entiendo la solidaridad y ejerceré mi derecho a criticar, al mismo tiempo que les pido a todos que hagan lo propio. Debo confesarles que no hay nada más poderoso para mover a un gobierno que las críticas de la gente. He estado ahí, tomando y viendo tomar decisiones. Y créanme, muchas veces los gobiernos se mueven porque los cabrestean.

Los invito a cabrestear a Duque: un potrillo sin brío, retacado, pajarero, inexperto, con paso improvisado y al que alcaldes y gobernadores le han cogido las riendas para marcarle el ritmo, sin importar que el potrillo amenace con tumbarlos.

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2020-03-25T00:00:20-05:00

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2020-03-25T00:09:24-05:00

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