Por: María Elvira Bonilla

Cáceres el maquinador

LLEGÓ JAVIER CÁCERES A LA PRESIdencia del Senado y, por consiguiente, del Congreso, el tercero en la sucesión presidencial. Viene a la memoria su imagen, cargada de desparpajo y desfachatez, en la carátula de la primera Revista del Domingo, de este periódico, hace nueve años. Cáceres desparramado sobre una colcha colorida, con un revólver 38 largo Smith & Wesson a su lado.

Decía estar en riesgo a raíz del debate que había realizado días antes en el Congreso alrededor de los contratos de Dragacol, que mandó a la cárcel a su propietario, tumbó al ministro de Transporte Mauricio Cárdenas y tocó incluso al entonces presidente del Senado Fabio Valencia Cossio, el mismo que como Ministro del Interior tendrá que tramitar, o mejor, negociar con Cáceres la agenda legislativa, incluido el espinoso y moribundo tema de la segunda reelección presidencial. Sí, negociar, porque así es como Cáceres ha acumulado poder desde cuando hace 25 años se inició en la vida política, como concejal de su natal Cartagena.

Su experiencia en acalorar debates la cultivó también allí, cuando llegaba al Concejo con dossiers armados desde las propias contralorías y personerías municipales, puestos que cuidaba con esmero, para deshacerse poco a poco de cuanto contendor apareciera, hasta consolidar las mayorías que conformaron el Partido Único del Concejo de Cartagena (PUC), que durante dos décadas desangró la ciudad. Poco les sirvió desde el Concejo a los pobres de su barrio Canapote, nacido del basurero Ambohiede, a donde llegaron sus padres como invasores. Pobres que, eso sí, le han servido para ponerle votos y encumbrarlo.

Y asciende sin pararse en consideraciones de ninguna índole, sin pudores ni vergüenzas, dando cuanta cabriola sea necesaria. El camino se lo abrió su coterráneo Fernando Araújo en la Nueva Fuerza Democrática de Andrés Pastrana; saltó luego al liberalismo donde se asoció con congresistas como Álvaro Benedetti, Vicente Blel, José María Imbert, Álvaro García Romero, Carlos Espinosa Facciolince, Nicolás Curi, todos con enredos judiciales. Supo desprenderse de éstos para arroparse con las banderas del Polo Democrático, breve escala antes de seguir su camino hacia Cambio Radical y el uribismo para, finalmente, tejer las alianzas necesarias para derrotar por primera vez, a la coalición de gobierno, representada en la candidatura de Gabriel Zapata, de Alas-Equipo Colombia.

Lo que sigue no es claro. Más que las personas involucradas, empezando por el mismo Cáceres, lo significativo es el despertar del juego político que se traslada ahora a la campaña presidencial y, ojalá, a la del Congreso. Llegó el momento para que los electores se decidan a desanesteciar la política y a impedir con su voto que sigan primando los intereses y ambiciones personales sobre propuestas y compromisos de acción pública, basándose en la vulgar negociación. El proceso en marcha es más que la llegada de Cáceres a la presidencia, pero su persona y sus logros nos recuerdan que en la política desafortunadamente las costumbres mañosas son efectivas y producen resultados.

 

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