Por: Ignacio Zuleta

Cacerolas o pailas

Si la cacerola es la voz del pueblo, y la voz del pueblo es la voz de Dios, no vamos mal. La cacerola es antigua, es parte entrañable del menaje doméstico: es en donde se cuece el arroz con huevo frito, es la política afectando la cocina y la cocina cambiando la política, desde la timidez del ciudadano amedrentado pero alerta; la cacerola es un cacharro del hogar que tiene la dignidad de la que carece por completo una espuria vuvuzela plástica, o un petardo.

Así que, si hay que hacer ruido, como hay que hacerlo en estos días difíciles, un buen cacerolazo despierta la conciencia, o por lo menos les entorpece la novela televisiva a los vecinos conformistas, que ya es algo. Pero quizás lo que la hace soberana en los momentos de justas protestas como estas es que es inmune a los toques de queda, a las intimidaciones provocadas por los que detentan las armas en la calle o al poder y a los gases lacrimógenos, porque basta un balcón o una ventana de cortinillas hechas por la abuela para poder protestar hasta el cansancio desde el refugio en donde pernoctamos.

Si alguien desprecia el poder de una sartén bien afinada, no recuerda la historia de los grandes cacerolazos importantes: le dañaban la noche a Pinochet, le bajaron el moño a la Cristina Kirchner, le están marcando el ritmo a la eventual desmontada de Piñera, le amargaron la vida a Chávez y a Maduro, y ahora, a pesar de la arremetida del “vandalismo” de sospechosa estirpe organizada, no le hacen fácil la vida a este “very good boy” local que desgobierna en su fatua y manipulada tontería.

El miedo es bullicioso: se produce con bombas explosivas, balas perdidas o con helicópteros que machetean el silencio de la noche, con avioncitos obsoletos y chillones –que en Cali salen del sector urbano de “La Base”– que despiertan a las loras porque suenan, atronadores, a amenaza en la guerra de nervios entre el poder y el indefenso ciudadano. Pero las cacerolas de centenares de personas son las voces pacíficas que superan con creces a los ya conocidos “cohetazos” del poder.

Los cacerolazos –importados a España no hace tanto como “cacerolada”, según corrige la muy Real Academia de la Lengua– son la continuación necesaria de las marchas que, entre sonrisas amistosas, camaraderías y tambores, hemos hecho los hombres y mujeres colombianos, especialmente los jóvenes que saben que las cosas pueden mejorarse.

Ya verán las “asustadurías” si resuelven el problema de por qué hubo desórdenes que parecían tan orquestados (sin ignorar que los marginales, los hijos nunca bien sanados del narcotráfico, los hambrientos y los torcidos de alma también cuentan). Por el momento, la labor comienza. No comemos enter, hay mucha más valentía que desidia, hay posibilidad de reunir enormes cantidades de gente del común sin incidentes y, en últimas, ya estamos tan cansados de la guerra que seríamos capaces de inventarnos una fórmula eficiente para aprovechar lo que tenemos, lo que somos. Los movimientos sociales inevitablemente ponen víctimas; pues con mayor estridencia las llorarán entonces las nobles cacerolas.

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Cacerolas o pailas

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