Por: Fernando Araújo Vélez

Cachorros de buenas personas

Será ideal comenzar con aquella canción de Serrat que decía “probablemente en su pueblo se les recordará, como a cachorros de buenas personas”. Será ideal recordarlos así, y comprender que cambiaron, que la vida, las obsesiones, las vanidades y la ambición los llevaron a dejar de ser cachorros de buenas personas para transformarse en políticos. Seguro creían en la magia, en superhéroes, en el amor, pero en el camino aprendieron que la única magia posible era conseguir votos, de cualquier manera y cayera quien cayera. Que ser superhéroes era espiar, conspirar, mentir, tomarse la justicia por propia mano, y que el único amor posible era el amor a sus intereses, al poder.

En el camino aprendieron, gracias a las enseñanzas de sus antecesores, de sus jefes de campaña, de sus asesores y de los barones regados por todo el país, que el voto era y será lo esencial, y que comprarlo era más fácil y redituable que intentar convencer a un elector al que desde tiempos inmemoriales educaron para no pensar, para no debatir, para no dudar. En síntesis, para no tener que convencerlo sino con dinero. En ese mismo camino aprendieron que el fin justifica los medios, todos los medios, comenzando por los de comunicación, a los que domesticaron-compraron para que le dijeran al mundo que ellos, y sólo ellos eran lo importante.

Son lo importante, dicen y repiten con otras palabras, reproduciendo cada una de sus mentiras, retratándolos, entrevistándolos, más allá de que ellos jamás han creado nada, y mucho más allá de que no son, nunca han sido los que realmente mueven una sociedad. Si han escrito libros ha sido para vanagloriarse o preservar el estado de las cosas. Si han ido a una exposición o a un concierto ha sido para mostrarse y decirles a los electores “mire que yo sé de arte, soy culto y sensible”. Si han ido a una biblioteca, ha sido para que les tomen la foto de la inauguración. Si han ido al campo, ataviados con sombrero de paja, ruana y pantalón de dril, ha sido para hacerles creer a los campesinos que son parte de ellos, y si luego alguien se los recuerda, dirán que estaban empapándose de país.

Ni creadores ni inventores ni artistas ni científicos ni campeones ni escritores ni filósofos. Es más, ni siquiera oradores. Jamás fueron nada de eso. Tampoco quisieron serlo. Una vez elegidos, se dedicaron a influir en las leyes para beneficiar a quienes les pusieron votos, a repartir puestos en institutos y ministerios a quienes les consiguieron votos, a firmar contratos para pagar votos. Por un voto, pagan, piden, suplican, prometen. Y luego olvidan.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Fernando Araújo Vélez