Cadena perpetua

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El Congreso aprobó, finalmente, la cadena perpetua para el delito que había sido debatido por varios años entre la extrema sensibilidad. Lo postergaron siempre por las dimensiones jurídicas que carga una decisión de ese tamaño; por las consecuencias a largo plazo sobre el humanismo que la Constitución se ufana de preservar; por los interludios y los vacíos legales de una postura vengativa sobre el pragmatismo de sus efectos. Nunca lo hicieron y nunca lo aprobaron porque conocían muy bien los alcances de esa decisión. Lo hacen ahora que el desprestigio del Congreso se encuentra en sus máximas expresiones de claridad, bajo la crisis más grande de los tiempos recientes y entre el rumor agigantado de su incapacidad para legislar en un país apenas letárgico. Lo hacen ahora porque necesitan humo y niebla sobre el desastre de sus cargos para exculparse, y qué mejor táctica, acorde a sus viejas estrategias de disuasión, que responder ante el delirio rugiente de las calles que han aclamado venganzas extremas sobre todas las culpas.

Solo hace falta un poco de silencio y quietud para imaginar los monumentos vulgares de la burocracia que siguen represados en despachos judiciales sin término y sin fin, y los infernales porcentajes de impunidad en que campea toda la infamia nacional con las sonrisas conscientes de los fugitivos, y los juramentos y pactos inútiles que se han firmado aquí para calmar las sensaciones profundas del terror frente a un sistema destruido por el lobby y el vencimiento de términos para altos beneficiarios. La aprobación de la cadena perpetua desconoce toda la práctica jurídica real y las cifras verificadas de reinserción en delitos similares, pero los números y las cifras contradicen al populismo judicial que ahora quiere complacer deseos reprimidos a falta de legislaciones serias. Los circos siempre aclaman y piden ejecuciones públicas, y había que obedecerlos ahora que la ineficacia abunda en los pasillos de un Congreso que sigue desconociendo los principios constitucionales que juró conocer y defender como argumento mínimo de sus discusiones. Pudieron hacer lobby para todas las promesas y los gustos, los pudieron concretar contra todo lo previsible y lo inaudito. Afianzaron la tradición de un pacto previo a decisiones trascendentales si esos efectos terminarían siendo contraproducentes a los capitales que los financian en silencio, lo hicieron entre todos los caciques y los gamonales que siguen allí, legislando en la sombra, sobre los herederos de ese trono que deben ocupar con instrucciones claras en las correrías de los votos cooptados. Pero ahora, en el desierto y la anarquía de una pandemia que lo clausuró todo, solo quedaba el show y el espectáculo del sensacionalismo para entretener una cultura de brutalidad y represalias obligadas. Sabían que tenían asegurado el respaldo de los gritos y los puños levantados de una saciedad que nunca llega y solo puede alivianarse entre la retórica del poder y la pirotecnia de la rabia estallada. Lo cumplieron muy bien, justo en el tiempo en que no podían disimular su ineptitud entre todos los relámpagos.

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