Por: Ramiro Bejarano Guzmán

Caídos y ascendidos

La diferencia entre los ministros de Defensa entrante y saliente, es que mientras Juan Carlos Pinzón tiene a todo el mundo a su favor, Rodrigo Rivera lo tiene en contra. Ambos merecen lo que les está pasando.

La lección que queda del paso accidentado de Rivera por el Ministerio de Defensa, aún sin olvidar que bajo su reinado cayó el Mono Jojoy, es la de que le fue mal porque dio la sensación de que se sentía más ministro del expresidente Uribe que del presidente Santos. Los uribistas lo veían como santista y en el Gobierno lo sintieron como un infiltrado del furibismo.

Era obvio que un Gobierno que se propone cambiar la cúpula militar y que además cada día le está perdiendo más el miedo a hablar con los insurgentes, no podía seguir teniendo como ministro de Defensa a alguien que dependa políticamente del expresidente que se opone a todo lo relacionado con la lucha contra la guerrilla o con la posibilidad de dialogar con ella. Eso sería dormir con el enemigo.

Para colmo de males, Rivera además se dejó imponer como viceministro al estafeta de José Obdulio, un tal Rafael Guarín, quien denunció a varios magistrados de Altas Cortes, por no jalarle al tramposo referendo reeleccionista. Si a alguien tuviere que pasarle factura Rivera por su desastre, es a este personaje de menor cuantía, al que Pinzón seguramente tendrá que aceptarle cuanto antes su renuncia, si quiere tomar control total de tan complejo ministerio.

La despedida de Rivera es tragicómica, pues unos oportunistas del partido de la U negaron conocerlo a la hora del adiós, mientras que los liberales no olvidaron su voltereta por cuenta de la cual saltó a las filas del uribismo del que había renegado. El asunto terminó en que hasta Uribe lo criticó como responsable del deterioro de la seguridad.

El joven ministro Juan Carlos Pinzón debe estar más preocupado que feliz. No recuerdo que el nombramiento de un ministro para los militares hubiese suscitado tanto apoyo, como el que respalda a Pinzón. Eso por supuesto es bueno, tanto más cuanto que en verdad se trata de una persona prudente, competente y decente. Pero qué inmensa responsabilidad en la que se ha metido, pues no sólo tendrá que enfrentar los problemas por la supuesta sensación de inseguridad, sino reestructurar la cúpula y calmar a la milicia el día en el que Santos decida meterse en una negociación con los rebeldes.

Que el nuevo ministro sea hijo de militar, casado con hija de militar, como lo ponderó su jefe, y que hasta su corte de pelo revele su cercanía emocional con lo castrense, por lo pronto es un activo, pero cuando empiece a girar contra el mismo, ojalá no se le convierta en un pasivo. Eso, por supuesto, lo entiende Pinzón, y como hombre cauto ha de saber que todos esos aplausos de hoy, como el de Juan Lozano con su necia recordación de que el nuevo ministro tiene carnet de membresía de la U, o los elogios burocráticamente interesados del jefe del conservatismo, son efímeros. Entre otras cosas, de dónde acá los partidos políticos convocan rueda de prensa para celebrar el nombramiento de un ministro. Que se sepa, el de Defensa debe ser reconocido por las tropas, pero no propiamente las de su partido político.

La caída de Rivera y el ascenso de Pinzón deberían servir de advertencia a esos ministros que andan prendiéndoles velas a Uribe y a Santos. A menos que quieran que les pase lo mismo que al saliente mindefensa, van a tener que ponerse definitivamente la camiseta del Gobierno, pues la del exmandatario furioso ya está sudada.

Adenda. Que la U y Cambio Radical quieran lavarse las manos dejando en libertad a sus bancadas de apoyar o no el proyecto para prohibir el aborto, y hacerles el juego a los goditos, es cosa de la que sus electores librepensadores deben tomar nota. Pero ¿será que el liberalismo y el Polo se harán también los de la vista gorda, para seguir hincados ante el procurador que ayudaron a elegir?

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