Por: Columnista invitado

Caja fuerte

No soy tan testaruda, yo les creo. El kindle, el ipad y otras tabletas defienden su existencia con un par de argumentos sólidos: el cuidado de los bosques (al prescindir del papel, disminuye la tala) y el ahorro de espacio en la biblioteca (y de peso en el maletín).

Los románticos nos aferramos a razones un tanto más emotivas para defender los libros a ultranza: el olor y la textura de sus páginas, la maravillosa sensación al abrir un libro viejo y descubrir en él sus historias anexas: una postal, una esquela, o una estampilla; o una foto como separador, y las notas escritas de puño y letra de su dueño. (¡Cuántos matices no adquiere la vida de un padre que ya no está al retomar sus libros!).

Lo que inquieta de la tecnología, de los dispositivos electrónicos de almacenamiento y reproducción, es su capacidad para desaparecer los juicios previos que solemos elaborar del gusto ajeno a partir de su acercamiento a diversas expresiones del espíritu humano, como la literatura y la música.

¿No es un ritual recurrente intuir al ser recién conocido —o amado— por medio de su biblioteca? Recorrer con la mirada sus anaqueles es una de las más apasionantes variantes del espionaje.

¿Han sentido el frío estremecedor que produce el descubrir una casa sin libros?

En la adolescencia (época de pocas palabras y muchas hormonas) la estantería de casetes, acetatos y discos compactos podía encender el fuego. O apagarlo.

Cuando fantaseo con el futuro, visualizo el gentío en las calles como un desfile de cajas fuertes: miles de dispositivos electrónicos almacenando información fundamental sobre ellas. Un kindle en el bolso cargado con Virginia Woolf y Charles Baudelaire; o con Paulo Coelho y Jorge Robledo Ortiz. Miles de transeúntes conectados a sus ipods, aislados del mundo, oyendo a Glenn Gould, Lou Reed y los Rolling Stones; o a Richard Clayderman, Ricardo Arjona y Maná. Y hará falta mucho más que un vistazo para descifrar la combinación secreta de cada caja fuerte, que no es más que el recinto secreto de cada alma.

Entre mis reflexiones apocalípticas he llegado a imaginar al arte decorativo como la última pista “externa” de la sensibilidad que, en el espacio personal (oficina, casa, estudio), dará cuenta de nuestra relación o pertenencia con el espíritu de algunos objetos (pinturas, esculturas, fotografías, etc).

¿Sospechas superficiales? Es posible. Pero, sin duda, algunas cosas también nos definen.

Por fortuna nos queda la palabra, la conversación… que finalmente ratifica o rompe el hechizo.

Mientras escribo esta última frase, llena de esperanza, una luz se enciende en mi teléfono celular. Una invitación del chat reconfirma mis temores: ya ni al viento le quedarán palabras para llevarse.

 * Ana Cristina Restrepo Jiménez

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