Por: Esteban Carlos Mejía
Rabo de paja

Cállate y sálvate

No caben las disyuntivas en la sociedad de los millennials. Eres o eres. Crees o crees. Escribes o escribes. Vives o vives. Puede ser, quién quita. Eso sí, sigo con mi duda existencial: ¿escribir para vivir o vivir para escribir? Cuando yo era niño, mi papá, escritor sin editor, repetía con amargura una frase demoledora: “El que escribe para vivir, ni escribe ni vive”.

Algunos escritores famosos supieron combinar sus ilusiones artísticas con tareas mercenarias alrededor de la escritura. Ernest Hemingway se metía a cuanta trinchera se le atravesaba en el camino para hacer informes de enviado especial del Toronto Star. Italo Calvino, creador del barón rampante, el vizconde demediado y el caballero inexistente, adaptaba repertorios folclóricos en la editorial Einaudi. Gabriel García Márquez (re)llenaba cuartillas con guiones y textos de agencias de publicidad en Ciudad de México. Gesualdo Bufalino, el primer malpensante, redactaba informes de lectura para estudiantes de bachillerato. Julio Cortázar, enormísimo cronopio, era traductor de organismos internacionales. Juan Rulfo fue editor en el Instituto Nacional Indigenista. Simone de Beauvoir era profesora de bachillerato mientras escribía su obra monumental, El segundo sexo. Guillermo Cabrera Infante, Caín de caínes, borroneaba críticas de cine en revistas de La Habana.

Primero el pan, después la ficción. Necesitaban ganarse la vida. Según anotó el sabio doctor Samuel Johnson, “solo un zoquete escribe sin que haya dinero de por medio”. Claro que este mundo parece lleno de zoquetes. Mi dios William Faulkner, por ejemplo. En determinado momento de su vida trabajó por las noches en una caldera. Volteaba la carretilla que usaba para cargar carbón y la usaba como escritorio. Así escribió Santuario, novela estremecedora, cruda, implacable. En la introducción del libro, hizo constar: “Nunca había tenido trato, ni convivido, con personas que escribiesen novelas y cuentos, y creo que ni siquiera estaba enterado de que sus obras les producían dinero”. Y así empezó a pensar que escribir libros era una posible fuente de dinero, y a preguntarse por qué razón no había de serlo también para él.

¿Adónde voy con tantos rodeos? Durante varios años, he tratado dos temas en esta columna: literatura y política. Ficción y realidad. A veces charlo de libros con mi amiga Isabel Barragán, mamacita de mamacitas, dicho con la venia de feministas y policías de lo políticamente correcto. Es un juego ameno y, según tengo entendido, del gusto de muchísimos lectores. En política, casi siempre he escrito sobre y contra Álvaro Uribe Vélez, un espécimen que me da escalofríos con tan solo verlo en el picadero de su finca o comiendo sanduchitos y tomando Coca-Cola en algún recinto del Congreso. Creo que llegó mi hora de escribir solo sobre literatura. ¿Miedo? ¿Pereza? ¿Cobardía? ¿Precaución? Todas y ninguna. Quiero olvidarme de esta biosfera de mezquindad, ignorancia y embustes. ¿Me perdonan, cierto? Isabelita está feliz.

Rabito: “El verdadero artista dejará que su mujer se muera de hambre, que sus hijos vayan descalzos, que su madre de setenta años se parta la espalda trabajando para sostenerlo, antes que dedicarse a una cosa que no sea su arte”. George Bernard Shaw.

Rabillo: “La literatura consiste en tener ilusiones desmesuradas y conformarse con lo que el destino ponga en tus manos”. Juan Villoro.

@EstebanCarlosM

 

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