Por: Alfredo Molano Bravo

Calles y soledades

Es redundante e inútil escribir sobre los nudos, trancones o tacos de tránsito que se forman en Bogotá, o en Medellín, o en Cali, o en las mismas carreteras que unen estas capitales.

 Miles de carros uno detrás de otro, pitando, rugiendo empujando, y todos tratando de ganarse un metro, 50 centímetros. En las carreteras, derrumbes, huecos, pasos restringidos y, lo peor, el llamado cartel de la doble raya: la policía poniendo partes, haciendo su agosto. El de Bogotá, que es el tránsito que me toca soportar, es insufrible. En todos los semáforos las colas son tan largas, que siempre hay que esperar a que la luz se ponga en rojo tres veces antes de que uno corone el verde para llegar, tres cuadras más adelante, a otro rojo. Y así, día tras día, hora tras hora. Con calor de invernadero, con aguacero y defendiéndose de la buseta, del bus, de los taxis, de los vivos, que son los únicos que se creen con derecho al afán. Sumemos las flotillas de carros blindados con escoltas armados y encorbatados, un par de motos de la Policía, del Ejército o del patrón, y unas sirenas que hacen como las vacas. Y los motociclistas desarmados con máquinas de todo cilindraje, caracoleando, metiéndose por un lado y por otro, rompiendo espejos retrovisores y haciendo rugir sus motores. Adición: el camión varado, el camión repartidor de gaseosa o de cerveza y todos los que se paran en calles y avenidas y crean el despelote: los carros recogedores de basura recién pintados, esa especie de tanques de guerra que llevan y traen plata, la señora pintándose las cejas y el ejecutivo sacándose los mocos. Y remato: los de “corazón verde” con libreta en mano y bolsillo abierto. ¡El infierno! Cualquier diligencia necesita tres horas y dos parqueaderos de 10 pesos cada uno. Por lo demás, huecos, huecos hondos y pequeños, inesquivables, donde cae la llanta delantera y después la trasera y los rines quedan cuadrados. La ventaja es que siempre hay huecos, de idénticas dimensiones, al otro lado del carril donde se cae primero.

Las zonas más congestionadas del país son el norte de Bogotá, el sur de Cali, y el oriente de Medellín. El tránsito no es espeso sino sólido. Un turrón. Y la carretera más congestionada del mundo es la de La Calera. La fila comienza en la calle 72 y, paso a paso, se llega al semáforo de la 82, para entrar en el nudo de los nudos, la entrada y la salida de la carretera en la 84. Una hora, digamos, para llegar o para salir. Y después, el rosario infinito y permanente de carros, volquetas, buses, camiones, busetas, tractomulas, policías de cacería, ciclistas que culebrean si van solos, porque si van en combo charlando, ocupan carril y medio, y los que las mujeres o sus jefes de seguridad no dejan ir solos y los acompañan a la zaga que terminan por paralizar lo que el intrépido general Palomino llamó el “flujo”. Antes de llegar al destino hay que pagar el peaje más ladrón de cuantos existen, previa otra cola para dejarse robar. La única solución para descongestionar medianamente la vía a La Calera es un distribuidor que permita salir por el Chicó Alto a la carrera 7ª por la calle 94.

Después de esta tragedia, llego a mi casa, donde vivo desde antes de la invasión urbana, cuando había montes y quebradas, yuntas de bueyes y noches estrelladas, a toparme con el silencio encerrado en el espacio de una sala, un comedor, unas alcobas donde retozaban mis hijos y han dejado sus huellas mudas: un balón desinflado, una navaja rota, una copa ganada en una intercolegiada, un afiche del Che Guevara, una muñeca pálida, una bandera desteñida del Barcelona Football Club, unos anteojos de tercera dimensión, un osito regalado por alguna novia, una lechuza en yeso sin oreja y sin pico y un cacho seco y olvidado.

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