Por: Mauricio García Villegas

Cambiar de método

“La gente es medicina para la gente”, dicen en Etiopía. Es verdad, nada contribuye más al bienestar que las buenas relaciones con los demás. Ahora bien, lo opuesto también puede ser cierto: “La gente es veneno para la gente”. Cuando la desconfianza y el rencor se apoderan de una relación (todos hemos vivido eso), aparece un círculo vicioso de emociones que la envenenan.

Con los grupos sociales y las instituciones pasa algo similar. Cuando impera la desconfianza todo se detiene o se deteriora; y viceversa, cuando hay confianza, todo avanza. Digo esto pensando en la educación y en la manera como se relacionan sus protagonistas. Me explico: desde hace muchas décadas (para no hablar de siglos) el Estado colombiano desatiende parte de sus deberes con la educación pública. Cumple con lo mínimo, a regañadientes y a punta de presiones. Cuando yo era niño, había paros recurrentes de los maestros para exigir que el Estado les pagara los sueldos atrasados que les debía. El maltrato oficial sembró la desconfianza de los maestros hacia el Gobierno y fortaleció a Fecode, su órgano sindical. Con el paso de los años, Fecode se convirtió en una organización poderosa, más empeñada en reivindicaciones laborales y en la defensa de intereses corporativos que en mejorar la educación. La actitud intransigente y paralizante del sindicato alimentó, a su turno, la desconfianza del Estado frente a los maestros, lo cual encadenó el círculo vicioso del que vengo hablando.

Algo parecido ocurre en la educación superior. Hace 50 años la universidad pública educaba a todas las clases sociales y formaba a buena parte de las élites del país. Pero vinieron las huelgas prolongadas, los cursos dictados a medias, las investigaciones sin terminar, la politización de la vida académica, todo lo cual minó la influencia que tenía la universidad pública. La anormalidad académica sembró la desconfianza de los gobiernos y estos, casi siempre de talante conservador, utilizaron políticamente la falta de regularidad en los estudios y el radicalismo político de algunos para desfinanciar la universidad y marginalizarla socialmente. Esa actitud oficial fortaleció, a su turno, a grupos radicales al interior de la universidad, minoritarios pero con capacidad para manipular las asambleas de estudiantes, bloquear edificios, organizar pedreas y paralizar la universidad. En la actualidad hay ocho universidades públicas que están a punto de tener que cancelar el semestre a causa de los bloqueos de los edificios universitarios.

Fecode y los grupos radicales de las universidades públicas, con el conservadurismo que los caracteriza, llevan más de 50 años luchando por la educación. Pero las huelgas, los bloqueos y la confrontación con la fuerza pública, que son, en términos generales, sus modos de lucha, han radicalizado a los gobiernos y a la sociedad en su contra, con lo cual la educación pública salió perdiendo.

Creo que llegó la hora de preguntarse si no vale la pena cambiar de métodos; si no hay que buscar otras formas de lucha, más imaginativas, más incluyentes, más alegres, menos violentas. Nada de esto es un llamado a dejar de lado la protesta, mucho menos a desconocer la violencia que durante décadas han padecido los maestros y los estudiantes. Es sólo un llamado respetuoso a protestar mejor, con más gente que se una y, sobre todo, a evitar el odio y la violencia que solo consiguen fortalecer a los enemigos de la educación pública.

En últimas, es un llamado a la cordura. Por estos tiempos se cita mucho a Einstein cuando dice que uno no puede esperar resultados diferentes cuando hace lo mismo una y otra vez. Pues bien, hacer que “la gente sea veneno para la gente” no parece ser un buen método para conseguir que las cosas cambien.

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2019-12-14T00:00:29-05:00

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