Por: María Teresa Ronderos

Cambio climático en Bogotá

ESTÁ CIRCULANDO UN GRACEJO QUE dice que al alcalde Bogotá, Samuel Moreno, lo llaman "cambio climático" porque, al paso que va, terminará derritiendo al Polo. El mote, sin embargo, le viene bien por otra razón: ha conseguido trastornar, en forma radical, el clima de Bogotá.

De la Bogotá zanahoria, coqueta, solidaria, creativa, que se alcanzó a sentir más cerca de las estrellas, el buen Samuelito la puso rabiosa, sucia, a cocinarse en unos gases nada sanos, con cebras borrosas y ciclorutas invadidas. No era que antes viviéramos en el cielo, pero sí se sentía el ascenso, tanto, como hoy se percibe la caída.

 Del liderazgo pedagógico, urbanístico y social de los últimos tres alcaldes pasamos a un Alcalde versión light (tan liviano como el Transmilenio que se inventó por la séptima o como su idea de celebrar un cumpleaños de Bogotá inflando globos). Sin visión política para la ciudad, sin un discurso coherente, el alcalde Moreno intentó suplir sus carencias de fondo con publicidad ¡Pero los publirreportajes no convencen ni a los incautos!

 Así, del brío que se tuvo antes para poner reglas claras en la contratación de la ciudad y vincular a  funcionarios de gran calidad técnica, pasamos al circo de manotazos y puños que protagonizaron los consorcios que buscaban ganarse el multimillonario contrato del relleno de Doña Juana. No se sabe si hubo o no trampa, como alegaron algunos. Pero sí se deduce que un episodio tan bochornoso, sólo se da cuando no hay transparencia y las instituciones son percibidas como débiles o faltas de legitimidad. Si los jugadores conocen el reglamento, éste es claro, y respetan a los árbitros, es poco probable que se agarren a patadas.

 De los tiempos de “recursos públicos, recursos sagrados”, pasamos a un ambiente enrarecido de concesiones fallidas, como la de buena parte de la troncal de la 26 a los Nule, con grandes costos para el erario; una inmoralidad, cuando  media ciudad tiene aún tantas carencias.

 Caímos a proyectos con capítulos retorcidos, como el estudio de pre-factibilidad del metro, que insistió en un trazado que no resiste un examen de equidad y que, además, tiene una especie de curva en U en San Victorino, que no tiene justificación técnica alguna. Muchos murmuran en voz baja que hay allí  intereses de la Familia Distrital pero nadie lo ha probado.

 Quizás sea una leyenda negra de esas que con facilidad se tejen en sociedades mal informadas, pero se vuelve creíble porque la atmósfera que ha rodeado la iniciativa ha sido espesa. El estudio, que costó bastante más de lo que ha debido costar, fue mejorado a la brava con intervención del gobierno nacional, y el Secretario de Movilidad que lo adjudicó, tuvo que renunciar a los pocos días, en medio de denuncias de otros contratos.

 Y si Bogotá llegó en su buena racha, a pensar con ser el primer lugar de Colombia que se podía gobernar sin clientelismo y politiquería, ahora no puede ni soñarlo. Una sola muestra es el manejo de la seguridad en la ciudad que creció en gastos  y en contratistas y disminuyó considerablemente en eficacia y resultados.

Dicen que el Alcalde asegura que apenas terminen las obras le va a subir la popularidad. Puede que sí (aunque primero tiene que terminarlas). Tal vez no le sea tan fácil. La gente ya percibió el efecto invernadero de este gobierno distrital que amenaza con desleír el capital público construido con esfuerzo ciudadano y buen liderazgo político.  La calentura con el buen Samuelito  puede ser de fondo.

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