Cambio climático: huracanes y plagas

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Los que nacimos en el siglo XX y estamos envejeciendo en el XXI llegamos a pensar, cegados de optimismo, que los diluvios y las plagas eran antiguallas bíblicas o literarias, ajenas a la época de medicina científica que nos había tocado y que ya en nuestra infancia había eliminado para siempre una enfermedad monstruosa como la viruela. Incluso la Segunda Guerra Mundial había dejado algo bueno, la penicilina, que no solo curaba a los heridos de guerra, sino también a los afectados por enfermedades venéreas hasta entonces incurables como la sífilis. Nuevas vacunas contra la polio, la tuberculosis, la difteria, la fiebre amarilla, etc., nos hicieron soñar (con buenas razones) que la humanidad estaba ganando muchas batallas contra la muerte temprana.

Sin quitar ningún mérito a estas hazañas de la medicina, que han hecho que nuestra vida sea menos trágica que la vida de todos nuestros antepasados sobre la Tierra, cada vez es más evidente que debemos moderar el optimismo. El mismo éxito de vacunas, higiene y antibióticos produjo un crecimiento exponencial en la población humana, y con este unos efectos devastadores sobre el medio ambiente. Las pestes y la mortalidad infantil (con todas sus dolorosas secuelas) tenían un efecto moderador sobre la población. Si hace siglos era normal tener diez o doce hijos, lo habitual era que sobrevivieran apenas dos o tres. Con la medicina científica se dio el milagro de que sobrevivieran casi todos. Pero el milagro trajo sus consecuencias: sobrepoblación, consumo, contaminación, necesidad de más alimentos, calentamiento global y cambio climático.

Dos de los efectos más graves del cambio climático los tenemos hoy a la vista más claros que nunca: enfermedades derivadas de la invasión del hábitat de los animales salvajes (con la posibilidad de que sus propios virus salten a los humanos), y más tormentas y huracanes que antes, incluso con una temporada extendida jamás vista: mediados de noviembre. Otra consecuencia muy conocida del calentamiento global es que las condiciones de meses de sequía o de lluvia se vuelven más largas y extremas: sequías de meses sin una gota de agua y semestres completos en que no para de llover.

Hoy hay evidencias de que cuando hubo años con condiciones climáticas extremas como las señaladas (aunque esto ocurría muy raramente), es decir, con meses de gran sequía seguidos por meses de precipitaciones, se presentaron las más devastadoras epidemias de fiebres hemorrágicas de que haya registro en la historia. Las más graves y mejor documentadas son los cocolistes (peste en náhuatl) ocurridos en México en 1545 y 1576. El investigador Rodolfo Acuña Soto ha documentado con precisión el colapso de la población mexicana en el siglo XVI y su relación con factores inmunológicos, sociológicos y climáticos.

Muy brevemente: en 1520 llegan Cortés y la invasión española; además de caballos, armaduras y arcabuces desembarca un marino con viruela. Mucho más que la guerra, el choque inmunológico entre el Viejo y el Nuevo Mundo produce un efecto espantoso: de unos 25 millones de mexicanos, unos ocho millones mueren de viruela. Quedan 17 millones de indígenas. En 1545, después de una gran sequía, viene el primer cocoliste, y el más devastador. Se trata, probablemente, de una fiebre hemorrágica. Se enferman españoles, criollos y, sobre todo, indígenas. El mismo fray Bernardino de Sahagún, el gran etnógrafo franciscano, cuenta que estuvo a punto de sucumbir a esta peste. Pero quienes más murieron fueron los naturales. En este cocoliste mueren 13 millones, casi el 80% de la población. Quedan cuatro millones de indígenas. Segundo cocoliste en 1756. Ocurre también después de una gran sequía y muere la mitad de la población indígena. Quedan dos millones. México no volverá a tener 25 millones de habitantes hasta bien entrado el siglo XX.

Solo me queda espacio para una conclusión: el cambio climático no trae solo huracanes: también plagas.

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