Por: Eduardo Barajas Sandoval

Cambio de comando, fracaso de misión

A todo país invadido le atrasan, de alguna manera el reloj de la historia. No hay ocupante que pretenda de verdad, y muchos menos que consiga, cambiar el rumbo de naciones que tiene sus peculiaridades en la forma de disputarse el poder.

No hay forma de interferir en procesos históricos con la ambición de amoldarlos a las experiencias de gente de otra índole, proveniente de otras tradiciones culturales, políticas y de gobierno. El fracaso de los imperios radica justamente en el detalle de no saber cómo manejar el escenario de destrucción que con relativa facilidad producen allí donde pretenden implantar, a la brava, su forma de ver las relaciones sociales y su organización política.

Si la misión de la segunda invasión a Irak era la de conducir a ese país por el camino de la democracia según el modelo, muy consolidado y también respetable, por supuesto, de los Estados Unidos, el ejercicio ha sido un fracaso. Las particularidades de la vida pública iraquí han vuelto a salir a flote, sin que se vea en el horizonte la idea, ni el partido, ni la alianza, ni la persona, para ir al extremo, capaz de ponerle orden a un país con divisiones ancestrales y problemas internos que son ahora muy similares a los que provocaron en su momento el advenimiento de un régimen tan brutal como el de Sadam Hussein.

Siete años de insistencia no han sido suficientes para que Irak se transformara, como muchos hubieran querido, en un implante de la cultura política occidental en el Medio Oriente. Tarea y propósito de muy difícil cumplimiento en un país con ciudadanos que proceden de tradiciones civiles antiquísimas, marcadas por el sello de afiliaciones tribales y religiosas que nada tienen que ver con lo que ha sido el proceso político y económico de sus invasores.

La invitación hecha al seguimiento del proceso de retirada de las tropas de combate de los Estados Unidos ha permitido advertir en cuestión de días la aparición de fenómenos que fueron en su momento para Washington una pesadilla y que ahora no son ni más ni menos que lo que deben afrontar las fuerzas armadas locales de un país descuartizado cuidadosamente para que no pudiese oponer resistencia, pero tampoco producir acuerdos nacionales que dentro de la diversidad conduzcan a un proceso creíble de unidad nacional y de gobernabilidad.

Baste mencionar la situación en la ciudad de Basora, puerta del entrada al Golfo Pérsico, que comienza a deteriorarse sin que haya nadie capaz de poner orden en ningún sentido a una situación que vuelve a ser la de la disputa abierta por cualquier espacio de poder político o económico. Curiosamente no falta allí quien añore el mal menor de la presencia británica, que en los primeros días de la invasión obtuvo, en medio del desorden pero gracias a la experiencia de ese antiguo imperio en el trato con sociedades ajenas a su tradición, una situación medianamente vivible, bajo la cual de alguna manera fluyó el comercio dentro de una especie de pacto implícito en el que cada uno tenía su pequeño espacio y sus opciones de supervivencia.

Las perspectivas del proceso futuro son demasiado inciertas. Muy seguramente las autoridades iraquíes tendrán que apelar a la cláusula que permite solicitar la intervención de las tropas norteamericanas que quedan en el país con la misión principal de entrenar a los efectivos locales, con la posibilidad de entrar en acción solamente cuando esto sea requerido por las autoridades iraquíes, que parece están ya desbordadas por lo que se anuncia como una serie creciente de incidentes muestran cómo, una vez más, se ha abierto el concurso por el poder y todos los grupos, incluyendo Al Quaeda, se sientan con derecho a hacer su intento por controlar el país.

Muy triste resultaría el espectáculo, que ojalá no tengamos que presenciar, de una sociedad que termine por añorar esos tiempos en los que alguien, sin romper las tradiciones locales, que siguen siendo las mismas, logró, con el apoyo extranjero, consolidar un régimen capaz de ponerle, por las malas, orden a la vida nacional. Con lo cual quedaría demostrado que la invasión apenas sirvió para retrasar el reloj de la historia, y que el lema del cual es el portador el Vicepresidente Biden, “Cambio de comando, cambio de misión” solamente es válido para los que se retiran, pero no para los que se quedan solos, enfrentando un destino cuyo rumbo les cambiaron sin que se sepa bien en qué dirección.

 

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