Cambio de guardia

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Al fin sale Trump de la Presidencia estadounidense, después del intento de golpe de Estado —combinando trampa procedimental y fuerza bruta— del 6 de enero. La llegada al poder de Biden tiene un impacto muy grande, aunque no rectilíneo, sobre muchos países, comenzando por el nuestro.

Pero antes que nada vale la pena hacer un repaso a las condiciones que se necesitaron para que Trump no se pudiera quedar atornillado a la Presidencia. Primero, hubo unos medios de la corriente principal que supieron defender la democracia con firmeza. Esto no ocurrió automáticamente; pasaron por un proceso de aprendizaje, que a veces me pareció exasperantemente lento. Pero lo lograron. Se despojaron de absurdas falsas equivalencias. Descubrieron que a las mentiras había que llamarlas por su nombre y que había que enfrentarse a una amenaza concreta (y no a otras que hipotéticamente pudieren surgir). Empresarios y personas vinculadas al sector defensa denunciaron también los peligros de la oleada antidemocrática que se venía encima.

Segundo, el Partido Demócrata logró cohesionarse. No era un desenlace que se pudiera tomar por dado. El ala izquierda del partido se ha fortalecido. Hay diferencias programáticas entre ella y los centristas. Las disputas internas dentro de los demócratas han dejado toda una cantidad de heridas brutales (entre progres y centristas y de cada una de estas categorías entre sí). Pero el liderazgo demócrata, que no se ha distinguido históricamente por su calidad y agilidad, esta vez estuvo a la altura de la tarea. Entendió que no se trataba de un problema de chismes, rencillas envenenadas y reproches, sino de salvar el pellejo.

Tercero, una burocracia seria y bien establecida resistió el embate. Estados Unidos es notable en el mundo desarrollado por su escualidez burocrática, y además la lucha contra el “Estado profundo” estaba en la pepa del programa de Trump. Muchos jueces y funcionarios aguantaron la presión brutal del presidente saliente y los suyos para torcer el resultado electoral, aunque fuera un poquito. Trump les rogaba a los funcionarios (republicanos y trumpistas) de Georgia: “Necesito solamente que me encuentren 11.700 votos”. Si hubieran cedido, se habría disparado una dinámica de consecuencias imprevisibles.

Cuarto, y ya más difícil de aprehender, algunos de los extremistas y habilitadores claves de Trump, encabezados por el vicepresidente Pence, descubrieron que había límites más allá de los cuales no estaban dispuestos a moverse. Lo de Pence —un hombre muy, muy a la derecha— tuvo que haber sido una desagradable sorpresa para Trump. Si aquel se decide a sabotear la sesión de ratificación del resultado electoral del 6 de enero —que era la última carta para mantenerse en el poder—, una vez más el juego hubiera quedado bastante abierto. Después de Pence, otras fichas claves —no: no los amiguitos de los uribistas— declararon su preocupación, incluso indignación, ante la asonada promovida por Trump. ¿Qué habrá movido a Pence, fiel escudero de las aventuras más duras de su jefe? No sé. Pero con su negativa a bloquear a Biden, cerró este episodio con la derrota de los extremistas.

El episodio, no el novelón. Este seguirá. Pero, insisto, vale la pena reflexionar sobre la cantidad y complejidad de las condiciones que se necesitaron, en un país inverosímilmente próspero y que se ha vanagloriado históricamente de ser la democracia más sólida del mundo, para mantenerla en pie. No digo esto para desmoralizar o como llamado a la impotencia. Todo lo contrario, lo planteo como recordatorio de que la defensa de la democracia es una labor de lucidez, sentido histórico y artesanía.

Lo que me devuelve a Colombia. Comencé este año con la posesión de Biden porque se trata de una noticia global clave, pero también porque me deprimía un poco hablar de la insolente ineptitud de Duque con respecto de las vacunas y, más generalmente, con respecto de la vida de los colombianos. Ya tendré ocasión de hacerlo.

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