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El grado de insatisfacción en la sociedad aumenta y el Gobierno desconoce su relación con el mal funcionamiento de la economía. Basado en los procedimientos de proyección comparativa de los organismos internacionales, estima que la economía está en franca recuperación. No es cierto. El análisis basado en los fundamentos científicos contrastados empíricamente muestra una realidad distinta. La economía lleva más de cinco años con tasas de crecimiento cercanas a la población y con una caída del empleo y de los ingresos del trabajo que entran en cortocircuito con la enorme inequidad que viene de siglos atrás.

La información y el diagnóstico se confirman con las cifras más recientes del DANE. La industria, la agricultura, la construcción y la minería, que durante más de medio siglo han significado las principales fuentes de impulso y de oferta y demanda, solo contribuyen en 0,4 % al crecimiento. La recuperación se explica principalmente por el crecimiento del sector financiero y del comercio de importaciones. En la práctica, no se trata de un aumento tangible de la producción, sino de una elevación de los márgenes de comercialización que les restan dinamismo a otros sectores.

El empleo viene declinando en los últimos años y en la actualidad disminuye 3 % con relación al año anterior. En conjunto con el retiro de los trabajadores que dejaron de buscar empleo, porque se cansaron de hacerlo, ha significado una salida en el último año de un millón cien mil trabajadores de la fuerza de trabajo. Se ha configurado un abismo de grandes dimensiones entre el ingreso nacional y los ingresos del trabajo. El aumento del producto y el consumo que reportan las cuentas nacionales no es consistente con las del empleo y, por lo tanto, no es sostenible. El PIB crece por debajo de las proyecciones oficiales.

Desde un principio sabía que el modelo neoliberal era un salto al vacío. Las reformas se basaron en idealizaciones que no se han validado empíricamente en los países en desarrollo. A poco andar se vio que se trataba de un sistema que da lugar a inequidades que se acentúan y se agravan con el tiempo. El retorno del capital supera el crecimiento económico, el salario crece por debajo de la productividad y la brecha de ingresos con los países desarrollados aumenta. La alternativa no es el aumento improvisado del gasto público que se queda en buena parte en el capital. Lo que se requiere es un sistema que genere ingresos y empleo, y evite la concentración en el sector financiero y el comercio de bienes lujosos.

El incumplimiento de las teorías y los errores terminaron en un modelo de crecimiento declinante y un deterioro ascendente de la distribución del ingreso. El retroceso cae en los ingresos del trabajo y en mayor grado en los trabajadores de medianos y bajos salarios, y tiene la manifestación más deplorable en el desplome del empleo.

La solución no es nueva y se aplica, al menos parcialmente, en países que han avanzado en esquemas de crecimiento con equidad y elevación de los ingresos del trabajo. No es algo que se pueda abordar con simples medidas puntuales y microeconómicas. Se requieren grandes transformaciones en los componentes dominantes del sistema económico, como el comercio internacional, el banco central, la regulación financiera, las prioridades sectoriales, el mercado laboral y las transferencias fiscales, al igual que la creación de nuevas instituciones, como sería una política industrial. Lo cierto es que el cambio de rumbo solo será viable dentro de un marco de diálogo y acuerdo de los distintos estamentos de la sociedad colombiana.

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