Por: Columnista invitado

Cambio radical en los derechos de los gays

La lucha por los derechos afroestadounidenses la simboliza la sangrienta marcha en Selma en 1965. En contraste, la lucha moderna por los derechos de los gays apenas lleva medio siglo, desde los disturbios en Stonewall, en 1969. Sin embargo, esta semana, mientras la Corte Suprema conoce de dos casos sobre el matrimonio de personas del mismo sexo, la velocidad del movimiento es un apoyo asombroso.

“Nosotros, el pueblo, declaramos hoy que las verdades más evidentes —que todos fuimos creados iguales— es la estrella que todavía nos guía, tal como guió a nuestros antepasados en Seneca Falls y en Selma y en Stonewall”, dijo el presidente Obama en su discurso de toma de posesión, en un momento de historia para los gays, por primera vez incluidos en ese tipo de discurso.

Los cambios han sido tan rápidos que a veces es sorprendente recordar cómo es que apenas hace muy poco los gays y las lesbianas estaban en el clóset. “Todos estábamos escondidos”, señaló el exrepresentante demócrata, Barney Frank, quien en 1987 se convirtió en el primer integrante del Congreso de Estados Unidos en revelar su homosexualidad. En ese entonces, la desaprobación popular de la homosexualidad entorpeció el surgimiento del movimiento.

“Se trataba de una población demasiado tímida hasta para levantar la mano, un grupo de personas que tuvieron que comenzar de cero”, escribieron Dudley Clendinen y Adam Nagourney en Out for good (Afuera para siempre), de 2001, su historia del movimiento por los derechos de los gays.

En el último siglo, en la política estadounidense, las fuentes de esa reticencia no eran ningún misterio. Las enseñanzas judeocristianas, interpretadas para condenar la homosexualidad, proveyeron el telón de fondo para el debate político en un país religioso. En Estados Unidos, después de la Segunda Guerra Mundial, la Asociación Psiquiátrica Estadounidense prestó credibilidad médica a esas concepciones al clasificar la homosexualidad como un trastorno mental.

Sin embargo, los cambios culturales desatados en los años 1960 empezaron a erosionar esas barreras. En respuesta a las primeras protestas en las principales ciudades, George McGovern se convirtió en el primer candidato presidencial en identificarse con el movimiento al permitir oradores abiertamente gays en la Convención Nacional Demócrata en 1972.

Cuatro años después, Jimmy Carter, un bautista sureño de Georgia, se opuso a la discriminación en contra de los gays y las lesbianas, aun cuando buscaba el apoyo de los cristianos. Durante su presidencia, Midge Costanza, la enlace pública de Carter, sostuvo la primera reunión formal en la Casa Blanca con activistas gays. Sin embargo, Carter perdió en 1980 frente a un Partido Republicano en ascenso que, con el expresidente Ronald Reagan, mezcló el conservadurismo social con el económico.

Antes de ganar la Casa Blanca, Reagan estuvo con activistas gays para ayudarlos a derrotar una iniciativa sometida a votación en California por la que se habría prohibido a los gays que dieran clases en escuelas públicas. Durante su presidencia, no obstante, Reagan mantuvo su distancia. La legislación por la cual se extendían las protecciones de los derechos civiles a los gays, presentada por demócratas liberales a principios de 1974, siguió languideciendo en el Congreso.

Los legisladores alineados con activistas gays empezaron a establecer alianzas en el Capitolio que habrían sido imposibles para problemas más abstractos que los derechos.

“Cuando era puramente simbólico, no podía conseguirlos”, recordó Frank de cuando trataba de reunir partidarios para los derechos gays. “Cuando estaba en juego la vida de la gente, me decían: ‘Oh, está bien, supongo que tengo que votar contigo’”.

Bill Clinton, el primer presidente de la generación de la posguerra, impulsó aún más al movimiento hacia la corriente principal. Asistió a un destacado acto de recaudación de fondos patrocinado por gays, resaltó el sida en su convención de 1992 y prometió un decreto ejecutivo para prohibir la discriminación en las fuerzas armadas.

“Nos metió al Partido Demócrata”, comentó David Mixner, un viejo amigo de Clinton desde la oposición a la guerra de Vietnam, quien se volvió su asesor y embajador ante el movimiento por los derechos de los gays.

Sin embargo, las victorias siguieron siendo intermitentes. Los demócratas perdieron en forma aplastante las elecciones intermedias, lo que llevó a Clinton a adoptar un tono más conservador. En 1996 hizo enojar a sus partidarios gays al firmar la ley de defensa del matrimonio, cuya constitucionalidad está considerando la Corte Suprema esta semana, en uno de los casos de matrimonios del mismo sexo. La ley limita la definición del matrimonio a la unión entre un hombre y una mujer.

La posición de Clinton siguió la trayectoria de la opinión pública estadounidense, que continuó distinguiendo los derechos de los gays de otros derechos civiles. En una encuesta de Gallup de 1996, 68 por ciento de los encuestados se opuso al reconocimiento legal del matrimonio del mismo sexo. A principios de 1997, Gallup encontró una imagen espejo en el matrimonio interracial, con 64 por ciento de aprobación.

La resistencia popular oscureció los avances más discretos en otras partes. Los sindicatos habían sido de tiempo atrás los “aliados más fuertes” del movimiento, porque buscaban protecciones para los trabajadores gays, expresó Gregory King, un funcionario de la Federación Estadounidense de Trabajadores de Condados, Estados y Municipios. Y, conforme crecientes números de empleados gays se abrieron en cuanto a su sexualidad, las grandes corporaciones extendieron los programas de prestaciones para cubrir a las parejas del mismo sexo.

“El sector privado siempre estuvo adelante de los políticos”, comentó Hilary Rosen, una cabildeadora en Washington, activa en causas de los derechos de los gays. Lo mismo pasó con la cultura popular, en particular con la televisión, que en los últimos años ha presentado a un conjunto de personajes gays bajo una luz positiva.

Ahora estos acontecimientos, así como una generación emergente de electores más jóvenes y socialmente tolerantes que no consideran al matrimonio gay como algo controvertido, han puesto de cabeza a la opinión pública.

En noviembre de 2012, Gallup encontró que 53% de los encuestados estuvo a favor del reconocimiento legal de los matrimonios del mismo sexo. Una encuesta de la semana pasado mostró que 54% respalda las prestaciones para los empleados federales casados con parejas del mismo sexo.

Tales actitudes han producido reajustes políticos que alteran el debate, cualquiera que sea el fallo de la Corte Suprema sobre los derechos para los matrimonios del mismo sexo.

La exsecretaria de Estado Hillary Rodham Clinton, 17 años después de que su esposo respaldó la ley de defensa del matrimonio, hizo público hace poco un video de apoyo a los matrimonios del mismo sexo. Ningún otro potencial rival presidencial ha demarcado un punto de vista opuesto, ni se espera que suceda. El senador Rob Portman, de Ohio, un prospecto para la planilla republicana, anunció que apoya a los matrimonios del mismo sexo después de enterarse de que su hijo adulto es gay.

El ritmo del cambio continúa sorprendiendo a los partidarios de los derechos de los gays. En su juventud, contó Frank, se dio cuenta de que, en lo personal, lo atraían los hombres y el gobierno, en lo profesional. Supuso que lo primero impediría lo segundo.

“En este momento —concluyó—, creo que mi atracción sexual duradera hacia los hombres es más políticamente aceptable que mi atracción hacia el gobierno”.

 

*John Harwood / Columnista de The New York Times.

 

 

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