Por: Eduardo Barajas Sandoval

Cambios de era imperial

Heredar un imperio desvanecido, en una época de mutaciones universales, con el deber de continuar siendo referente para una nación que en su ímpetu laborioso no da espera, es prueba demoledora que solo se puede superar con paciencia oriental.

Con la sencillez conmovedora de quienes llevan la grandeza como cosa natural, Akihito, centésimo vigésimo quinto ungido con la dignidad imperial en el Japón, resolvió retirarse del oficio sin esperar a la muerte. Así, se ha marchado al retiro el primer emperador que, desde el principio de su reinado, no fue considerado como semidivinidad.

Después de 30 años en el Trono del Crisantemo, y en una ceremonia de diez minutos, conducida con precisión de relojería, Akihito expresó su gratitud a los japoneses por haberlo aceptado como símbolo del Estado, dentro de las limitaciones de la Constitución de 1947, que definió el nuevo rol imperial. Así puso fin a la era Heisei, que le correspondió, y abrió paso a la Reiwa, que comienza con el reinado de su primogénito, Naruhito.

A diferencia del ambiente de duelo que caracterizó ocasiones anteriores, como en 1989, cuando falleció Hirohito, para dar por terminada la turbulenta era Showa, iniciada en 1926 a la muerte Taisho, y de ahí para atrás, en esta ocasión no hubo lugar para la famosa proclama occidental de “el rey ha muerto, que viva el rey”. El retiro sereno del trono apenas llamó ahora a la nostalgia, en medio de la admiración por quien llegó a ser auténtico símbolo de la nación y en adelante se dedicará a vivir mejor su vejez.

Akihito supo hacer, en la medida adecuada, lo que se esperaba de él. Al comenzar su turno ya habían pasado los estragos inmediatos de la Segunda Guerra Mundial, pero quedaban vivas en el alma de la gente heridas latentes de esas que toman siglos en curar. Quedaba atrás la época de su padre, que comenzó en momentos de fortaleza política y militar, pasó por la tragedia de la destrucción, tuvo que aceptar un modelo institucional “concertado” con los vencedores, y alcanzó a producir el milagro de una recuperación económica que puso al Japón otra vez en primera fila del orden mundial.

Las obligaciones imperiales de Akihito estuvieron, como debería ser, orientadas a consolidar nuevas formas de relación con la sociedad. Se trataba de olvidar tradiciones sin asidero ante los golpes del tiempo y de los acontecimientos que afectaron al país durante la vida de su padre. Había que construir una especie de cercanía, anteriormente inimaginable, con los sentimientos de la “gente del común”. Algo que sin duda consiguió, al tiempo que con altura y fineza política presidía la vida de la nación, a lo largo de los gobiernos de casi una veintena de primeros ministros, de los cuales solo cuatro gobernaron por más de dos años.

Su decisión de casarse con Michiko Shoda, una “plebeya” a la que conoció jugando tenis, en lugar de hacerlo con la que escogieran en el entramado tradicional de quienes manejaban las cuerdas de la familia imperial, fue la primera campanada del tono de la era Heisei, que comenzaba con él. La decisión de criar a su heredero bajo el mismo techo de los emperadores rompió otra tradición, y llegó acompañada del hecho de que la propia Michiko, que había estudiado en prestigiosas universidades occidentales, se ocupaba personalmente del desayuno de sus hijos, como cualquier madre que los prepara para ir a la escuela.

Por el camino de la “Michikomanía”, que en 1959 llenó de entusiasmo particularmente a las mujeres japonesas, la pareja se aproximó de ahí en adelante a todos los sectores de la sociedad. Akihito y Michiko visitaron las regiones más apartadas del país, sin expresar jamás mensaje político alguno, prohibido por la Constitución, pero haciendo llegar sentimientos reconfortantes de solidaridad. Como sucedió al día siguiente del tsunami que en 2011 afectó la central nuclear de Fukushima, cuando aparecieron dialogando de rodillas, en pie de igualdad, con algunas de las víctimas.

Ya el gobierno anunció el nombre de Reiwa, que corresponde a este nuevo periodo, de acuerdo con el sistema “Gengo”, según el cual la llegada de cada emperador marca el inicio de una nueva era que sirve para llevar la cuenta de los años, que se sigue usando para efectos oficiales, y particulares, sin perjuicio del uso paralelo del calendario occidental. La diplomacia japonesa se ha tenido que ocupar de la explicación de la denominación Reiwa, que oficialmente significa “Bella armonía”, para corregir interpretaciones que, en razón de uno de sus componentes, “rei”, estimaban que podrían llevar implícito un inapropiado componente de autoritarismo.

La paciencia oriental, necesaria para desempeñar un papel protagónico, más en el orden espiritual que en el material, como lo consiguió el emperador saliente, se convierte ahora en requisito indispensable para su sucesor. La transición tranquila de la función imperial no disminuye, sino que aumenta, las expectativas que suelen aparecer con el comienzo de cada era. Ya se verán las reacciones populares, cuando pase el período de gracia que beneficia a los nuevos dignatarios. Por ahora, los japoneses apenas salen del impacto de los diez días de vacaciones que se juntaron a las celebraciones del cambio imperial. Tiempo de ocio que para muchos de ellos resultó extraño, como si el hecho de no trabajar fuera algo así como dejar de vivir un poco.

Para quienes se ocupen de prever el futuro lo más lejos que se pueda, queda una preocupación pendiente: abrir espacios para que en el futuro llegue una era presidida por una mujer. La ostensible mayoría femenina en el seno de la pequeña familia imperial exigirá que a las mujeres se les asignen nuevas funciones. Tal vez por ese camino se llegue a plantear la revisión de la Ley de la Casa Imperial, de 1947, que reserva el acceso al trono a los hombres, y cuya reforma se abandonó cuando, en 2006, nació el primer varón después de 41 años. Con la eventual llegada de una mujer al trono, el proceso de actualización del modelo imperial japonés seguiría siendo consecuente con la evolución de los tiempos.

 

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