Por: Julio César Londoño

Camilo José Cela, gilipollas notable

EL VENEZOLANO GUSTAVO GUERRERO acaba de ganar el premio Anagrama de ensayo 2008 con el libro Historia de un encargo: la catira de Camilo José Cela.

Guerrero cuenta que en 1953 Marcos Pérez, dictador de Venezuela, le encargó a Ernest Hemingway la redacción de una novela nacional, una obra que eclipsara a Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos, líder de la resistencia civil a la dictadura, pero a Hemingway lo asqueó la propuesta. Entonces Pérez habló con Cela, que tenía 35 años de edad y andaba de gira por Latinoamérica en calidad de embajador cultural de “la cruzada por la hispanidad” de Franco, una maniobra publicitaria que buscaba maquillar la imagen internacional de su siniestro régimen. Cela no lo pensó dos veces, aceptó el encargo, alquiló su pluma y escribió La catira. La novela fue un fiasco literario y político, pero Cela se embolsilló 30 mil dólares de la época. (“Catira” significa mujer blanca y de ojos claros).

No es esta la única infamia en la biografía de Cela. Son muchas. Repasemos unas pocas para no tirar demasiado papel en este engendroide. Cuando le preguntaron su opinión sobre la obra de García Lorca, el protomacho Cela respondió: “Yo no leo maricas”. En un artículo titulado Pedo, culo, caca, y pis, Antonio Caballero cuenta que Cela fue sapo desde chiquito. A los 21 años ya era soplón de la policía franquista y le pasaba listas de intelectuales sospechosos, es decir, izquierdistas. Entre los 25 y los 30, fue censor oficial de Franco. Su oficio era leer los diarios, subrayar los pasajes contrarios al régimen, recortar los artículos y remitirlos a una oficina de inteligencia policial, donde otro gramático del régimen decidía si era necesario cerrar el diario o si bastaba patearle los testículos al autor de la nota. Este prontuario lo cuenta Caballero en Paisaje con figuras, uno de los mejores libros de arte y crítica literaria escritos en el siglo XX.

Usted puede pensar que estos son pecadillos de juventud, querido lector; pero debo decirle que siendo ya un señor calvo y ventripotente, Cela saqueó la obra de una maestra de escuela para escribir La cruz de San Andrés. La maestra lo denunció, un comité de expertos en literatura estudió el caso y llegó a la conclusión de que Cela había copiado “el tema, el argumento, los personajes, el tiempo, las circunstancias y hasta frases textuales” de la novela de la maestra. El dictamen fue avalado con una lista de cuarenta y siete “coincidencias” entre los dos libros, y el ya flamante Premio Nobel fue condenado a pagarle 47 millones de pesetas a la maestra.

Copiar no es un gran delito. El plagio se justifica cuando involucra el asesinato, decía Gide, es decir, cuando el ladrón supera lo robado. Todos los escritores roban pero lo hacen con medida, una o dos cosillas, no cuarenta y siete, y siempre escogen sus víctimas entre los grandes (Shakespeare, Dante, Balzac, García Márquez), nunca entre los maestros de escuela.

PD.: fiel a mi método de escribir primero e investigar después, cogí anoche un libro de Cela, de quien no había leído nada. En la página 24 descubrí alarmado que me estaba gustando y lo arrojé por la ventana porque ¿qué tal que vaya uno y se envicie a leer a ese gilipollas? ¡Dios me libre!

Una persona puede escribir bien a pesar de ser alcohólica como Edgar Allan Poe, homosexual como Barba Jacob, ladrón como François Villon, cortesano como Voltaire, cojo como Lord Byron e incluso manco como Cervantes, pero no puede ser escatológico, soplón y plagiario, como Camilo José Cela. Un escritor puede carecer de todo, excepto de carácter.

 

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