Por: Beatriz Miranda
Elecciones presidenciales polémicas en Honduras

¿Camino al autoritarismo?

El domingo se celebraron elecciones presidenciales en Honduras con la presencia de observadores internacionales, aparentemente en clima un de normalidad. Aproximadamente, 6 millones de hondureños fueron a las urnas para elegir a un presidente, tres vicepresidentes, 128 diputados, 20 miembros del Parlamento Centroamericano, además de 298 alcaldes.

Sin embargo, la ausencia en la divulgación de resultados oficiales por parte del Tribunal Supremo Electoral (TSE), algo que no ocurría desde que el país retornó a la democracia en 1981, y la autoproclamación de los vencedores: Juan Orlando Hernández, quien aspira la reelección, y su opositor, Salvador Nasralla, empieza a poner en entredicho estos comicios y hace recordar momentos sombríos de la historia de este país.

Honduras registra uno de los más altos índices de homicidio de la región, marcado por el narcotráfico, las pandillas, desplazamiento forzado y muerte de activistas como Bertha Cáceres. Es considerado uno de los países más pobres, junto con Haití, Bolivia y Nicaragua. La alta tasa de desempleo e informalidad afecta al 50% de su población.

Con todo, los simpatizantes del actual gobierno afirman que ha logrado estabilidad macroeconómica y seguridad para los inversionistas, ha bajado la tasa de homicidios y que con la extradición de narcotraficantes se ha afianzado el apoyo de Estados Unidos. No obstante, en todo el país persiste un clima de terror.

Sus opositores lo caracterizan como autoritario. Pareciera ser que los tres poderes dependen del Ejecutivo. “En la práctica se rompe el Estado de Derecho”. El temor de fraude ha rondado estas elecciones, sobre todo debido a que la reelección está prohibida constitucionalmente en Honduras y con un “fallo judicial” se abrió esta posibilidad al presidente en turno.

El 28 de junio de 2009, a pocas horas de realizar una consulta popular en la que se pretendía preguntar al pueblo sobre la necesidad o no de realizar una reforma constitucional, decenas de militares armados cercaron la casa del presidente Manuel Zelaya, lo sacaron en pijama, lo montaron a un avión y, después de una escala “técnica” en la base militar norteamericana de Palmerola, lo dejaron en Costa Rica.

Según dijo en una entrevista el padre Melo, un sacerdote jesuita que se ha convertido en uno de los principales líderes opositores de Honduras: esto demuestra las contradicciones de las élites políticas y empresariales de Honduras. “En 2009 sintieron que sus intereses políticos, comerciales y financieros estaban en riesgo porque Zelaya fue abriéndose a nuevas alianzas fuera de la tradicional con EE.UU. y sus transnacionales. Sentían que perdían el control sobre las decisiones del país. Ocho años después, para estas mismas élites, Hernández les da seguridad, ha logrado consolidar una alianza público-privada entre cinco grandes grupos económicos aliados con transnacionales. Así tienen el control de todo el país”.

En realidad, la caída de Zelaya rompió el orden constitucional, polarizó aún más la sociedad hondureña, colapsó su economía, la aisló internacionalmente e inició una nueva ola de golpes de Estado en América Latina y por ende Estados Unidos retomó el control de Honduras. El analista mexicano Raúl Benítez Manaut cree que uno de los desafíos de este país es asegurar la supremacía civil sobre las Fuerzas Armadas “no se puede olvidar que Honduras tiene fronteras con el Pacífico y el Atlántico con Nicaragua, El Salvador y Guatemala y es un territorio estratégico. Se habla de reservas en el Golfo de Honduras. La gente no importa, el territorio sí”.

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