Por: Tatiana Acevedo Guerrero

Camino largo

Un domingo en los ochenta le pregunté a mi abuela Argénida de dónde venía el vallenato.

 —De mi tierra —contestó—. —¿De Ocaña? —Sí, claro —dijo muy segura. Sólo varios años después me di cuenta de que el género no había nacido en Norte de Santander. Es posible que a muchos les haya pasado lo mismo en distintos sitios: si lo escucha todo el tiempo en su casa, cualquier desprevenido puede pensar que el vallenato es oriundo de Maicao, Medellín, Neiva o Mitú.

El vallenato es una de nuestras coincidencias. Se escucha dentro de las fronteras y también un poquito más allá. Atraviesa, en algunas regiones, todas las clases sociales. Suena en las parrandas de paramilitares y narcos. Y es el ritmo que se escucha en canciones como Arando la paz, compuestas en las Farc.

La tarea de haberlo llevado por cuanta parte no se debe, como podría pensarse, a aquellos clásicos que amenizaron la creación del departamento de Cesar, muy admirados en Bogotá y a veces tan cercanos al Ejecutivo (“Siempre que esta nación ve su libertad en peligro, interviene el ser divino y manda a un libertador”, le cantó Escalona a Rojas Pinilla, unos años antes de cantarle a López Michelsen). Tampoco es, como he escuchado en televisión, una proeza de Carlos Vives. Pienso que fue otra generación intermedia la que conformó grupos vallenatos, los uniformó con pintas de colores y los llevó de feria en feria, de casete en casete hasta El Show de las Estrellas.

De este grupo de músicos, el más importante fue Diomedes Díaz. Tras ser condenado por el asesinato de Doris Niño, en 1997, y luego de pasar años esquivando la cárcel, su carrera perdió fuerza (y ya nada fue lo mismo). Sin embargo, desde su primer trabajo discográfico en 1976, Diomedes grabó treinta y cuatro discos, sin contar los concebidos en fiestas vallenatas.

Su muerte, tras una última fiesta durante el fin de semana, me ha llenado de nostalgia. Las canciones, quizá a diferencia de los libros o el cine, están ahí antes de que uno pueda escogerlas y producen, a veces, las emociones más fuertes y duraderas. Las de Diomedes son, para muchos en Colombia, vehículos para los recuerdos. Amarte más no pude, yendo por carretera a pasar vacaciones a Barranquilla; Simulación, que sonó en una fiesta memorable cuando llegué a Bogotá; Camino largo, mientras mi abuela Leonor se carcajea escuchando un chisme, en el barrio San Francisco de Bucaramanga.

El éxito, además de provenir de su voz y la capacidad de sus acordeoneros, emanó tal vez de dos particularidades en sus letras y trayectoria. Diomedes desafío el rol del cantante vallenato como hombre canchero. Con sus rasgos indígenas, en contravía a la blancura de muchos ídolos de entonces, compuso no como un galán sino como un hombre a veces inseguro, con quien quizá era más fácil identificarse. El cóndor herido (no legendario) le cantó a su hijo sobre las trampas de la movilidad social. Escribió sobre los detalles de su vida doméstica, sobre el desamor, el temor a la muerte, a las canas y a ser abandonado.

Y cantó, también, la banda sonora de la urbanización nacional. Nacido en La Guajira, lejos del notablato Vallenato, antes de conquistar las ciudades se hizo en caseta, de pueblo en pueblo. Su música expresó y ayudó a formar los procesos de llegada de trabajadores a la ciudad. Las canciones de Diomedes acompañan esa urbanización. Su música viaja con ellos.

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