Por: Alfredo Molano Bravo

Caminos de a pie

De la creación se está más cerca en los caminos de a pie que en los circulares viacrucis, en los tediosos sermones o en los tétricos descendimientos de la cruz.

He guardado una fidelidad a toda prueba con los caminos de barro y piedra que atraviesan valles, cruzan ríos y tocan nubes. Los he caminado desde niño y ahora —sin remedio— escribo sobre algunos. El primero que caminé fue el que unía Bogotá con La Calera, llamado también “Camino del Meta”, que salía de la calle 84 con séptima. Las bestias toman agua en la quebrada de El Chicó —donde hoy hay un restaurante y la invasión de Bessudo a los cerros—. Estrecho pasaba por encima del Seminario Mayor y los cuarteles, donde había un segundo abrevadero llamado Piedra de Ballena; más lejos el alto de Los Patios, luego el paso del Teusacá para perderse en el oriente buscando el río Upía. De niño subimos con mi tío y mis primos desde Gachetá hasta una mina de carbón que dizque tenía por allá la familia. Dormimos entre el frailejón y para no congelarnos un campesino nos dio un aguardiente. Más tarde, por ese oriente, hicimos con el colegio Refous un largo camino que comenzaba en Ubalá, atravesaba la cordillera de Las Palomas, para caer tres días después, a Medina. Tuvieron que sacarnos en avión porque ya no teníamos pies ni codos. Dormimos en la Plaza de Villavo, hoy completamente encementada. Con el profesor Guhl subimos y bajamos el Sumapaz varias veces, no sólo entendía sino amaba ese páramo, en especial por sus chuzcales, sus montes de raques, sus aguas limpias y por ese maravilloso horizonte sobre el Meta y el Magdalena. Más tarde, cuando los diálogos de Casa Verde, volví a pasarlo desde Uribe hasta Cabrera asombrado de nuevo no sólo por la belleza intacta, sino por las mil mulas que los guerrilleros arreaban.

En el Alto del Oso había orquídeas azules. Caminé muchas trochas en los años en que dejé de hacer informes y comencé a escribir libros. Una en especial fue maravillosa porque iba con una partida de 50 colonos que recordaban e inventaban historias, y un compañero, Fernando Rozo, que sabía oírlas. Una trocha trazada por pura montaña: micos, dantas, osos hormigueros, gurres y, sobre todo, ampollas. Recorrí la Sierra Nevada por varios caminos indígenas, pero ninguno tan emocionante como el que hice con Constanza Ramírez y Adalberto Villafañe desde Pueblo Bello hasta Manancanaca, los reinos del silencio y de los cóndores. Bajamos por el Guatapurí, sonoro y cristalino. Uno heroico, sin pretensiones, fue el que hicimos entre Nunchía, en Casanare, hasta Paya y Pisba —hoy amenazados por la minería—, donde la niebla confunde los caminos, para caer con suerte a Socha, donde todavía había molinos de trigo. Transitar esas alturas con armas, con frío y con hambre y, para rematar, ganar en el Pantano de Vargas una batalla perdida fue, sin duda, una hazaña. Recordaré siempre que no haberme tomado un caldo de cucha me costó una pálida de la que casi no salgo remontando del río Uva, que trae aguas de Baudó al Atrato. Desde lo alto de la serranía volví a conocer el mar y a recuperar el resuello. Trocha difícil es la que hay para trepar la serranía del Naquén en la frontera de Guainía con Brasil, donde los brasileños se robaban el oro. Largo, muy largo, fue el camino entre Puente América, llamado también Travesía, sobre el río Atrato, y Bijao, donde tiempo después entraría a sangre y fuego uno de los héroes del Ejército, el general Rito Alejo, acompañado de El Alemán, comandante de la causa Auc. De allí la trocha sube hasta Letras, frontera con Panamá, y luego baja hasta un pueblo cuna que colinda con el paraíso: los niños juegan en el río, las mujeres cosen, los hombres se chinchorrean.

 

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