Por: Alvaro Forero Tascón

¿Campaña sin temas?

PARECIERA QUE LA CAMPAÑA POR LA Alcaldía de Bogotá no tiene grandes temas que la definan, que distingan claramente a los candidatos en torno a propuestas o maneras de solucionar los problemas.

No se están presentando iniciativas novedosas como la del metro, o la del manejo del espacio público, o la de la cultura ciudadana.

Tampoco se ha definido cuál será la dinámica temática de la campaña. Pareciera que no se va a dividir alrededor de temas como uribismo vs. antiuribismo, ni continuidad y cambio, ni entre metro y no metro. Ni entre derecha e izquierda porque los temas urbanos tienden a no tener tanta carga ideológica. Los temas con más tracción entre los ciudadanos, la inseguridad, la corrupción y la movilidad, por su complejidad y falta de soluciones fáciles, no están permitiendo que los candidatos hagan propuestas audaces. En movilidad, por ejemplo, ningún candidato está planteando la única solución real, que es desincentivar a fondo el carro particular, por los costos políticos que tiene.

Sin embargo, no hay política sin ideas. Y éstas no tardarán en aclararse, imponiéndose unas sobre otras, y sobre todo, asumiendo una narrativa política. Las campañas son cadenas de ensamble de conclusiones electorales, pero los ciudadanos sólo llegan a una conclusión cuando se sienten en capacidad de incorporar la información electoral en una imagen coherente. La decisión del voto está precedida por un proceso de simplificación y generalización de los temas, que implica el cruce de tres componentes: las predisposiciones del elector (partidistas, imagen de los candidatos, intereses), las influencias externas (posiciones de los candidatos, sesgo de los medios, información de los amigos) y los temas de la campaña. Los dos primeros son diferentes en cada votante y por eso el resultado siempre es impredecible. Sólo cuando las influencias externas tienden a homogeneizarse y las predisposiciones son compartidas por grandes bloques de votantes, las definiciones políticas se aceleran y la campaña se decide tempranamente.

A pesar de la apatía electoral, las campañas políticas importan y son siempre distintas, aun en sociedades con fuerte arraigo partidista, porque según ley de Gresham, la información nueva y personal, por ser más fácil de usar, tiende a desplazar la información antigua e impersonal. Y porque en materia de decisión electoral los ciudadanos, todos, incluidos los más educados, tomamos atajos de información que alteran la información previa mediante pistas o claves que nos permiten consultar nuestras creencias para elaborar nuevos escenarios o narrativas sobre cómo es el candidato, o hacer representaciones sobre cómo sería como alcalde. Por eso las elecciones no las ganan los mejores, sino los mejores candidatos, y por eso un desconocido puede ganarle a un conocido. La inmensa mayoría de ciudadanos actúa como el borracho que busca la llave perdida bajo el poste de luz, “porque está más iluminado”. Así, no las mejores ideas, sino las más iluminadas y las mejor empacadas para coincidir con las predisposiciones de las mayorías, son las que se imponen electoralmente. Como la del metro, que ni era una solución de fondo ni era viable en el corto plazo, pero resultó definiendo la suerte de la ciudad.

 

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