Por: Luis Carlos Vélez

Campeones mundiales

En Colombia estamos tan acostumbrados a que nos pasen cosas malas y a concentrarnos en lamernos nuestras propias heridas que cuando hay buenos momentos miramos a otro lado y estos suceden inadvertidos. Es esa obsesión con el detalle, defecto de la mal llamada malicia indígena, del “eso tan bueno no dan tanto” y la desconfianza, que no nos deja levantar la cabeza para ver que la vida nacional tiene destellos que en el mundo admiran y que en nuestra parcela no notamos.

Es el caso de la música con alma colombiana. Lo pongo de esta manera: si hubiera un mundial de fútbol de música, , hoy por hoy Colombia sería campeón. Punto. Incluso si existiera un ranquin de la música global, tipo el escalafón de selecciones nacionales de la FIFA, estaríamos de lejos en el primer lugar. Me explico.

Canciones colombianas, ya sea de artistas o productores colombianos, tienen inundado el planeta. Sí, señor, inundado. Un ejemplo: hace poco más de dos meses, cuando llegué a la Copa Confederaciones, en el aeropuerto de Kazán en Rusia (la capital de la región de Kazajistán y corazón del gas en el planeta), luego de sacar mis maletas, subí al auto que me estaba esperando y la conductora prendió el radio. De inmediato, tras una introducción en ruso que obviamente no entendí, empezó a sonar Despacito de Luis Fonsi y de productores nacionales. Acto seguido, la conductora subió el volumen y empezó a cantar en español quebrado, llena de felicidad. Le pregunté si sabía más canciones en español y me dijo que lo “latin” estaba de moda y me preguntó por J Balvin, Maluma, Shakira y Carlos Vives. Se los juro que no lo creía. Pensé que me estaba tomando del pelo o que ella estaba haciendo un esfuerzo por caerme bien, algo que rápidamente descarté, ya que los rusos no se caracterizan por sonreír sin propósito.

Quedé con la duda y hace poco Andrés Castro, uno de los productores colombianos más importantes del mundo, genio tras superéxitos de Carlos Vives, Chocquibtown, Silvestre Dangond y Prince Royce, entre otros, me hizo entender, o mejor, caer en cuenta, que hoy por hoy el mundo suena a Colombia.

Si usted consulta la lista de canciones más populares , sí, señor, en el mundo, de la aplicación Shazam, se va a dar cuenta de que Mi gente, de J Balvin, es la canción más escuchada en el planeta. No es Rihanna, Calvin Harris, ni Justin Bieber. Es nada más y nada menos que nuestro José Álvaro Osorio de Medellín. En ese mismo listado, en el puesto cuatro, tras varias semanas en el primer lugar, está Despacito, con productores nacionales como Andrés Torres, y en el 30 está Maluma con Felices los cuatro.

Lo mismo ocurre con el listado de las canciones más importantes en Billboard. Las cuatro primeras tienen alma colombiana. En primer lugar, nuevamente Maluma con Felices los cuatro, seguido por Despacito, luego Me enamoré, de Shakira, y finalmente Mi gente de J Balvin. Y no me queda duda de que en algunas semanas este top tendrá otro colombiano con Robarte un beso del crack de todos los cracks, Carlos Vives, y más adelante con algo que esté cocinando Silvestre Dangond.

Esto no es un detalle menor. Es de hecho una gran oportunidad como nación. Si el mundo está bailando nuestra música, ya tenemos parte de su corazón. En lugar de estar tirándonos tanta miseria de lado a lado, de buscar división y rencor, de andar cabizbajos por culpa de los que capitalizan la corrupción, la guerra y el dolor, más bien deberíamos sacarle provecho a esta extraordinaria coyuntura en turismo, exportaciones y sentimiento patrio para atraer inversión y optimismo. La mesa está servida. A trabajar, que los colombianos buenos somos más.

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