Por: Uriel Ortiz Soto
Comunidad y desarrollo

Campesino de ayer/campesino de hoy

En el mes de junio, dedicado a celebrar la fiesta del campesino, debemos hacerlo con sentido de responsabilidad y reflexión. Son miles los campesinos de ayer que se encuentran padeciendo ingentes necesidades.

Los campesinos de ayer, que aún luchan por sobrevivir, se quedaron rezagados en los laberintos del abandono y del olvido de los gobiernos de turno; miles de ellos llegan a la edad de 80, o más años, bajo el yugo de las arduas labores del campo, padeciendo todo tipo de enfermedades, hambre y miseria por doquier. Viven en chozas desvencijadas y malolientes, puesto que carecen de los más elementales servicios públicos y de salud.

Al morir, dejan a sus ancianas esposas en la más absoluta miseria; para poderlos amortajar y darles cristiana sepultura, hay que acudir a la caridad pública. Por eso sigo insistiendo a través de mis columnas que se hace indispensable repensar el campo y sus campesinos: pequeños propietarios, jornaleros y cosecheros, con programas más agresivos y eficientes.

Para referirme al campesino de ayer, debo evocar la memoria de mi padre, un humilde y honrado labriego —del cual me siento orgulloso— que todos los días de su vida madrugaba con el alba y solo suspendía sus labores con el declinar del sol. Apenas con su duro trajinar de arrancar a la tierra pródiga el pan para sus hijos, logró levantarnos y educarnos, bajo los preceptos de la moral y las buenas costumbres.

Mi padre perteneció a la pléyade de campesinos con sabor a campo, de pies descalzos y manos encallecidas, de azadón, guincho, canasto a la cintura para coger el café y mulera para guarecerse del sol y de la lluvia. En la oscuridad de la noche se sentaba con su prole y trabajadores a husmear el pasado y a añorar un futuro mejor, que les permitiera una existencia más digna, acorde con las duras faenas agrícolas.

El campesino de ayer y quienes aún continúan siéndolo, indiferentes a los avances de las tecnologías agropecuarias, viven rezagados y olvidados por los gobiernos de turno que solo se acuerdan de ellos en épocas preelectorales, ilusionándolos con ayudas que les endulzan el oído para arrancarles el voto, pero que finalmente se quedan en el cúmulo de promesas incumplidas.

El campesino de ayer nació y creció con la oscuridad, la luz de vela y las lámparas de higuerilla, que alumbraban las penumbras de la noche pero también de la vida. Cuando un bebé venía al mundo estaban las caritativas parteras que, desafiando barrizales, abismos y distancias, llegaban a la humilde morada para permitir el alumbramiento de un nuevo campesino, bello vástago de la naturaleza pero fruto de la ingratitud de los gobiernos de turno, que siempre se pavonean de ser sus redentores cuando en las alacenas de sus casas ni siquiera disponen de lo más elemental para su subsistencia.

El campesino de ayer es bien diferente hoy; lo absorbió la tecnología y lo secuestró la ciudad, puesto que vio en sus antepasados una vida dura y llena de reveses. Cuando existía la otrora Caja Agraria, que desapareció víctima de los delincuentes de cuello blanco, los campesinos de ayer gestionaban créditos blandos y los intereses no eran tan usureros; sin embargo, sudaban la gota amarga para poder dar cumplimiento, máxime cuando se desarticulaban, como hoy, los precios del café.

El campesino de hoy maneja desde la ciudad o por internet sus feudos rurales, casi por lo regular se convierte en el mandamás de la vereda, amancebado con la corrupción del alto gobierno; se hace nombrar en las juntas de acción comunal y busca por todos los medios ser el capataz, se vuelve tirano; quien no le venda los productos a su acomodo es declarado su enemigo y en muchos casos tiene que negociarle su predio a precio de ganga, caso contrario debe abandonar la vereda.

Son cientos los predios rurales que se encuentran abandonados y por ende improductivos, los campos de la Colombia de ayer están más que deshabitados. Nuestros campesinos unas veces emigran por el factor inseguridad; otras, por falta de garantías para agroindustrializar y comercializar sus productos, por eso prefieren abandonar sus fincas y venirse a la ciudad a fortalecer los cinturones de miseria.

Pero hay algo más grave y es que el campo de ayer se está muriendo con su propia naturaleza, las fuentes de aguas cristalinas se han secado, las especies de aves canoras de diferentes y hermosos plumajes han emigrado o se han extinguido en medio de los avatares del mal manejo medio ambiental.

Las escuelas rurales, donde los niños aprendían sus primeras letras, se están quedando solas puesto que sus padres emigraron con ellos a las áreas urbanas, ya que en el campo no existe ningún tipo de garantía para educarlos.

¿Estará cerca el día en que tengamos que entonar el réquiem por el campo?

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