Por: Columnista invitado

Campo sin batalla

La contienda electoral que arrancó el año pasado y que está llegando a su final seguramente permitirá que veamos lo mejor que le ha pasado a Colombia en los últimos 50 años: la transformación de las zonas rurales de campos de batalla en campos productivos, con más empleos y oportunidades para nuestros campesinos. Esto que digo no es retórica y existen los datos que lo prueban.

En 2017, el Producto Interno Bruto (PIB) de la agricultura creció 4,9 %, es decir, 2,8 veces más que el resto de la economía: fue el sector que tuvo mayor aumento y eso no se había visto en los últimos 17 años. Ese magnífico desempeño también se ha evidenciado en la creación de empleo de la rama de agricultura, ganadería, caza, silvicultura y pesca, la cual en todo 2017 sumó 188.000 puestos de trabajo nuevos al mercado laboral.

Eso coincide exactamente con el frenazo que el gobierno del presidente Juan Manuel Santos le dio a la guerra en diciembre de 2016, con la firma del Acuerdo del Teatro Colón, hecho que permitió sacar de la guerra a 12.000 combatientes que ya no tienen un arma para amedrentar a la población.

Recientemente, el Observatorio de la Democracia de la Universidad de los Andes publicó el estudio Colombia rural: posconflicto, en el que encuestó a 1.391 campesinos de cuatro regiones afectadas por el conflicto armado. Los resultados son dicientes y emocionantes: mientras que en 2015, cuando todavía estábamos en guerra, había un 28,1 % de personas que consideraban la violencia como el problema más grande del país, en 2017 esta cifra fue de 14,3 %. Cayó a la mitad. Además, mientras que hace dos años 16,2 % de los habitantes rurales decían que la guerrilla era la que mantenía la seguridad, hoy en día ese número cayó a 4,7 %.

Es cierto que persisten problemas, pero es evidente que hay un país diferente al que teníamos antes de firmar la paz. El Gobierno está concentrado en dejar sentadas las bases para que tenga éxito este proceso en los próximos 15 años y que los primeros beneficiarios del Acuerdo sean las comunidades que sufrieron en mayor medida la crudeza de la guerra: los campesinos colombianos.

Para transformar el mundo rural hay que mencionar que la Agencia Nacional de Tierras (ANT), con sólo dos años de creación, ha formalizado y legalizado 1,47 millones de hectáreas para 42.000 familias, que esperaron más de cuatro décadas por un título que les garantizara que ese pedazo de tierra en donde han crecido ellos y sus hijos realmente les pertenece. Eso no sólo los convierte en propietarios, sino que les da oportunidades para invertir y poner a producir más la tierra.

Otra entidad que está dedicada enteramente al campo es la Agencia de Desarrollo Rural (ADR). Desde allí se están haciendo inversiones para potenciar la productividad de los pequeños y medianos productores. Desde su creación en 2016 ha cofinanciado 119 proyectos para beneficiar a 10.155 productores, 31 % de los cuales son víctimas del conflicto. Además está estructurando 130 proyectos que van a ayudar a otros 20.000 pequeños y medianos productores. Esto se suma a los programas de asistencia técnica y de adecuación de tierras que están en marcha con ambiciosas metas. Todo esto sin entrar a mencionar la gestión de la Agencia para la Renovación del Territorio (ART) y la construcción de los Programas de Desarrollo con Enfoque Territorial (PDET) que se adelantan en los 170 municipios priorizados.

Los números expuestos en esta columna en materia de empleo y PIB no son casualidad. Son resultado de un trabajo juicioso y responsable del Gobierno Nacional, que se apoya en el hecho fundamental de haber acabado con una guerra de 53 años. Como vicepresidente he tenido la oportunidad de regresar a territorios que visité en mi vida pasada como Policía, cuando iba para ver cómo enfrentábamos la guerra. Hoy estoy siendo testigo del cambio de vida de los campesinos, de la ilusión y la dedicación con la que trabajan para sacar adelante a sus familias en un país que empieza a transitar caminos de paz. Es por eso que estimamos que en los próximos años los colombianos deberemos multiplicar las oportunidades de un país que no se entiende ya como un teatro de guerra sino como una nación llamada a garantizar la convivencia, la tranquilidad y la prosperidad para todos.

*Óscar Naranjo, vicepresidente de la República.

 

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