Por: Ricardo Bada

Camus (n. 7-11-1913)

Cuando estalló en su día la polémica entre Sartre y Camus, recuerdo que fui de los pocos que apostaron por el corazón y no por la cabeza.

Hoy, si se programan ambos nombres en Google, de Sartre aparecen 3’290.000 entradas, de Camus, 6’230.000. Al final siempre vence el corazón.

Antaño (¡qué tiempos aquellos!) anotaba a mano en fichas de cartón con tinta roja los títulos de los libros que leía, y con tinta azul las frases o párrafos que más me impactaban. Hogaño me basta, pues, buscar el viejo fichero y sacar aquellas que contienen mi sedimento camusiano:

“En las profundidades del invierno finalmente aprendí que en mi interior habitaba un verano invencible. (...) No ser amados es una simple desventura; la verdadera desgracia es no saber amar. (...) Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen. (...) El éxito es fácil de obtener. Lo difícil es merecerlo. (...) Ellos mandan hoy... porque tú les obedeces. (...) No me arrepiento de mi pasado, pero sí del tiempo perdido con la gente equivocada. (...) Una prensa libre puede ser buena o mala, pero sin libertad, la prensa nunca será otra cosa que mala. (...) No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio: el suicidio. (...) La libertad no es más que la oportunidad de ser mejor. (...) Inocente es quien no necesita explicarse. (...) La necesidad de tener siempre la razón es signo de una mente vulgar. (...) Todo lo que sé sobre la moral de los hombres se lo debo al fútbol. (...) Quién necesita piedad, si no aquellos que no tienen compasión de nadie. (...) La verdadera generosidad, en relación con el futuro, consiste en dárselo todo al presente. (...) No camines delante de mí, puede que no te siga. No camines detrás de mí, puede que no te guíe. Camina junto a mí y sé mi amigo”. Y varias docenas más.

Ahora que conmemoramos el centenario de su nacimiento, casi prefiero recordar el 4 de enero de 1960, cuando en la carretera nacional francesa Nº 5, en una recta sin obstáculos, cerca de Le Petit-Villeblevin, en un accidente provocado según parece por el exceso de velocidad a que conducía su Facel Vega el editor Michel Gallimard, murió y nos dejó huérfanos Albert Camus, su copiloto. Su muerte nos demuestra que, amén del suicidio, hay algún que otro problema filosófico auténticamente serio. La muerte absurda, por ejemplo. El día antes de la suya, y refiriéndose a la muy reciente del campeonísimo del ciclismo, el italiano Fausto Coppi, el propio Albert Camus había dicho: “No conozco nada más idiota que morir en un accidente de auto”.

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