Canción de domingo

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Dicen que todos los días del 2020 a partir del mes de marzo fueron iguales. Pero ya se sabe, no hay un día igual al otro así estemos encerrados e incomunicados en una mazmorra.

Veo al sol que entra por la ventana de la sala del sitio donde habito, un sol quisquilloso y retador que obliga a cerrar las persianas y a continuar la vida como en duermevela y entonces recuerdo que en la antigua Roma, se llamaba a este día, dies solis, es decir, día del sol. Pienso en que ha sido así en los lugares en los que he habitado (que no tienen estaciones) siempre el sol como protagonista del día domingo y el silencio como un actor de segunda.

Pero también para los colombianos el domingo es el día de descanso (aunque sea de no hacer nada, sobre todo ahora que hay más vidas sin asideros y sin brújulas), y de la resurrección del cuerpo que se revitaliza después de una semana atareada: dormir hasta tarde, por ejemplo, es una forma de resucitar si entendemos que resucitar es resurgir de las cenizas de la cárcel del computrabajo o teletrabajo. A estas alturas de la columna llega esta inquietud como dardo que hiere: ¿Cómo transcurre el domingo en la isla de Providencia destechada por el IOTA y sin amparo del presidente que rima con el huracán? ¿Cómo es el domingo de los familiares del líder o de la lideresa recientemente asesinada(o), a dónde se habrá ido su esperanza? Seguro no será un domingo como el que poetizó Lope de Vega: Por celebrar, Domingo soberano/vuestra fiesta mejor, Pedro divino,/a cantar a Milán el ’'Credo’' vino,/llevándole el compás de Dios la mano.

Ahh, el domingo tristísimo como cantara Jaime Sabines día en que: Las gatitas, las criadas, las muchachas de la servidumbre contemporánea, se conforman con esto. En tanto llegan a la prostitución, o regresan al seno de la familia miserable, ellas tienen el descanso del domingo, la posibilidad de un noviazgo, la ocasión del sueño.

Domingo también fue en algún tiempo no muy lejano para el periódico o la misa por radio en la mañana. Domingo de tedio feliz en el que soñábamos ver nuestros versos o relatos publicados en la página dominical del diario y que Jorge Luis Borges lo dijera con sutil sarcasmo: El olor del café y de los periódicos. /El domingo y su tedio. La mañana/y en la entrevista página esa vana/publicación de versos alegóricos/de un colega feliz.

Domingo de descanso (otra vez) para la gran Melina Mercouri en su papel de Ilia en “Nunca en domingo”, porque ese séptimo día era para los marineros que amaba, para ir al teatro a justificar (en su esplendorosa complicidad femenina de la que deberían aprender muchas feministas) a Medea.

Domingo anárquico o domingo de ramos, porque eso fue ese acto de Jesús. Y luego en otro domingo para resucitar, pero no en la carne, si no, en el no olvido, porque cada vez que recuerdas al ausente, cada vez que nombras a quien murió lo estás resucitando, lo traes a la vida. En ese sentido (en este país de ausentes que dijera el poeta Roca Vidales) todos los días deberían ser domingo; y el lunes (los lunes y los demás días) serían una máquina de hacer niebla sobre el recuerdo que luego vuelve a resucitar el domingo libertario.

COLETILLA. Esta columna se escribe los domingos.

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