Por: Eduardo Barajas Sandoval

Cándidas y constructivas

Pocas cosas puede haber más aviesas que culpar a otros de los descalabros resultantes de las acciones propias en contra de la armonía nacional; aunque no faltará quien se sume, contra toda evidencia, al coro de los que aplauden cualquier interpretación acomodaticia de la realidad.

El presidente de Siria, Bashar al-Assad, que lleva más de un año tratando de suprimir la revuelta que trató de extender a su país la oleada de la Primavera Árabe, resulta ahora alegando que los Estados Unidos están a la cabeza de un movimiento para desestabilizar su gobierno, en jaque ya por las protestas populares que él mismo ha manejado a punta de bayoneta, disparos de verdad y bombardeos sin piedad.

Los norteamericanos no son los primeros a quienes Assad acusa de intervenir en un conflicto interno, cuya existencia niega con el argumento simple de que lo que allí está pasando no es más que una escalada de acciones de terroristas, vinculados a Al Qaeda, a los que tiene el deber de derrotar, porque no se trata de una rebelión en su contra sino de un problema disciplinario. En otros momentos ha llegado a acusar a los turcos, celosos y prudentes guardianes de su lado de la frontera entre los dos países, de favorecer logísticamente la revuelta.

Sea cual fuere el argumento, lo cierto es que, como las imágenes lo han mostrado, son cada vez más amplios los espacios del territorio en los que se han abierto frentes de confrontación entre las tropas del gobierno y grupos insurgentes contra los que se ha actuado con violencia extrema, como pocas veces se puede ver que unas fuerzas armadas disparen contra su propio pueblo.

No es poca cosa que la comunidad de países árabes haya decidido actuar en contra de la conducta de Assad. No es raro que haya fracasado en el intento de arreglar el problema. Y no es desdeñable que las Naciones Unidas hayan tenido una ocasión de servir de algo y a la vez una nueva oportunidad de demostrar las complejidades de su liturgia, que termina por hacer imposible cualquier intervención en un asunto que amenaza la paz internacional aunque se geste dentro de las fronteras de uno de sus Estados miembros.

Kofi Annan, el representante de la Liga Árabe y de las Naciones Unidas en la búsqueda de un arreglo del problema, ha tenido por lo menos la ventaja de ser oído por el Presidente sirio y en sus últimas declaraciones, al salir de un encuentro con Assad dijo que habían tenido unas conversaciones cándidas y constructivas. No será fácil conocer por ahora los detalles de dichas conversaciones, porque la índole de la misión no permite cometer el error de andar contando las intimidades de semejantes encuentros, de manera que nos quedaremos por un rato sin saber qué puede ser lo cándido y qué lo constructivo de la conversación entre esos personajes a estas alturas del proceso.

La oposición siria será la primera destinataria de un mensaje y de una propuesta. No será la primera y tal vez tampoco la última de las acciones de Annan, mientras dure en su oficio. Lo que es deseable es que lleve las semillas de uno de los puntos esenciales de la solución del problema, que no es otra que el modelo que se pueda llegar a adoptar para la protección de las minorías. Y es que el tema reviste la mayor importancia, porque el propio Presidente es miembro de una minoría que a lo largo de las últimas décadas, primero en cabeza de su padre, Hafez, y ahora en la suya, ha sabido sostenerse en el poder con pilares en el gobierno, el poder económico y el aparato militar.

Son minorías como la cristiana y la Alauita, de corte musulmán peculiar cercano a los chiitas, a la que pertenece Assad, las que necesitan garantías de supervivencia decorosa en un régimen posterior al conflicto. Y es apenas entendible que no pueden permitir que un arreglo, cualquiera que sea, les deje en situación de desventaja luego de un proceso histórico en el que tuvieron por décadas en sus manos prácticamente todos los instrumentos del poder. Por lo cual tratarán de evitar a toda costa que, como ha sucedido en otras partes, las minorías seleccionadas por los antiguos poderes imperiales para que ayudaran a mantener el orden, quedan después a merced de todos los que por un buen rato fueron víctimas del ejercicio de sus privilegios. 

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