Por: Pascual Gaviria

Candidato en combo

Hace cuatro años Medellín ganó por puntos su pelea electoral contra la movilización política de los desmovilizados. Muchos de quienes acababan de esconder las armas se resistían a perder su poder en los barrios, adquirido torciendo algunas manos.

Comenzaron entonces a hacer política con el fierro guardado en la casa. Sus gestos eran suficientes. Para eso tenían candidatos varios a las JAL: Hosman, Jesús, Renzo, Onancis eran algunos de los nombres, que no alias, de los excombatientes en busca de una silla en la base de la pirámide política. También había candidatos al Concejo y, por supuesto, apoyaban un nombre para la Alcaldía. Un acta de la Corporación Democracia -la baranda de quienes estrenaban los apuros de la deliberación desde su pasado de imposiciones- dice con claridad que su candidato a la alcaldía era Luis Pérez. Les gustaba su lugar en las encuestas, el cumplimiento de sus pactos de gobierno y su actitud respecto a un candidato al Concejo “cercano a la casa”. Se referían al señor Diego Arango , que fue enlace de la campaña de Luis Pérez con los desmovilizados. En el papel del acta las intenciones suenan rutinarias: “aspira la Corporación es a hacerse espacios en el accionar público y consolidar los espacios que ya tiene…” Sin embargo, a la hora de cumplir sus objetivos las prácticas se convierten en maniobras.


Llegaron las elecciones de 2007 y las cosas no salieron según lo presupuestado. Alonso Salazar ganó la alcaldía por algo más de 30.000 votos y la frustración se convirtió en resentimiento. La Corporación no estaba preparada para la democracia. Así que se inventaron un montaje para ensuciar al alcalde. Sus métodos de campaña eran tan toscos y su pasado tan turbio que sólo debían fingir haber acompañado al triunfador. Vinieron las cartas de Don Berna, las declaraciones de Memín, los cuentos de Job, la fábula de un chofer que movía maletines con billetes: un montaje completo y burdo al mismo tiempo. La fiscalía desmintió todo con pruebas sencillas: las votaciones a favor de Luis Pérez en las comunas donde los desmovilizados armaron su carpa política, las confesiones de una cuñada de Job a un pastor bautista en una cafetería . Según ese testigo, al que la fiscalía da crédito, Pérez fue inspirador de la estrategia. Según sabemos todos fue al menos el parlante de un montaje creado por sus socios en la derrota.


Medellín enfrenta un reto parecido. Quienes hacen política con el miedo han perdido su parapeto de legalidad, pero según parece han elegido al mismo hombre de la campaña anterior. Semana habla de un candidato al Concejo que apoya al exalcalde y tiene contactos con un “duro” de la comuna 8. En otros barrios lo acompañan antiguas fichas de la Corporación Democracia. Pérez ha dicho que está dispuesto a negociar con los combos y parece tener las conversaciones adelantadas. Es normal que el poder de intimidación se imponga en Aguazul, en Puerto Gaitán, en San Onofre, digamos que no tienen las defensas democráticas para resistir. Pero Medellín debe volver a ganar la pelea para demostrar que no vive bajo las costumbres de la periferia política y que sus alardes de civilidad no son canciones de feria.


 


 

 

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