Por: Óscar Sevillano

Candidatos presidenciales

Qué pesar que la aspiración al cargo de presidente de la República, en lugar de ser un escenario para plantear las soluciones que un país como el nuestro requiere, se haya convertido en toda una vitrina para exhibir vanidades y egos personales.

En el ramillete de candidatos que tenemos hoy encontramos a personajes que creen que su nombre está por encima del bien y el mal, y les resulta poco llamativo el someterse a una consulta al interior del partido que les ha identificado durante mucho tiempo, dándoles una línea e identidad política. Los mejores ejemplos de lo anterior son los de Piedad Córdoba, Clara López y, el último de estos, Germán Vargas Lleras.

Aseguran que detestan el caudillismo, sin embargo, acuden a la misma práctica. Al final de cuentas, para ellos su nombre y su trabajo son más importantes que cualquier legado que su organización política haya podido conquistar.

Tienen a su favor que la ley les permite presentar su nombre a consideración del electorado a través de un movimiento político, creado a partir de unas firmas, no importa si las personas que apoyaron su aspiración mediante esta figura jurídica son las mismas que apoyaron la del resto de candidatos que no aspiraron a través de un partido político, o ya se encuentran inscritas dentro de la militancia política de algunos de estos.

De esta manera, a Germán Vargas Lleras no le importa si las personas que respaldan su aspiración son las mismas que firmaron las planillas de los movimientos de Gustavo Petro, Piedad Córdoba, Clara López, etc., o son militantes del Partido Liberal, Centro Democrático, Partido Conservador o Alianza Verde.

Piden un debate de altura, sin insultos, ni agravios, sin embargo, constantemente le recuerdan a su contendor el lugar de donde viene y el sitio hacia donde va. Aquí encontramos a aquellos candidatos que no evitan llenarse de pasión y en medio del debate acuden a los gritos.  Estos tienen muy claro que si hay algo que gusta y llama la atención de los colombianos del común es la pelea callejera, aquella que siempre se recuerda y en la que no se olvidará el nombre de la cara de quien más duro habló y mayor número de agravios pronunció durante la discusión.

En el elevado número aspirantes a la Presidencia de la República (30 en total) podemos encontrar personajes que creen que por ser hijos, sobrinos o nietos de fulano de tal tienen el cupo asegurado para llegar al Palacio de Nariño, así sus méritos sean pocos, y cuando no se les hace caso acuden al berrinche o pataleta (Juan Manuel Galán es el mejor ejemplo).

Todos dicen estar libres de pecado alguno, y cuando se descubre un hecho o escándalo político nacional en el que una persona que de una u otra forma haya sido cercana o haya realizado algún trabajo en su compañía, aseguran no conocerle, o se defienden con frases que demuestran la hipocresía con la que se maneja la cosa política en nuestro país. (Recordemos el caso de Juan Carlos Vélez y la campaña por el No del Centro Democrático).

Ninguno de ellos parece estar preparado para manejar un país sin las Farc en armas, y a pocos les atrae la idea de siquiera darles la mano a los desmovilizados que llegarán a la política en nombre del partido o movimiento que se conforme y que les dará el ingreso al debate nacional. Lo extraño de este asunto es que son conscientes de que dirigir los destinos de una nación sin la guerrilla más grande que ha existido en Colombia será muchísimo más fácil. Pero también tienen claro que la foto con Timochenko o Iván Márquez les resta votos, por esto acuden a la práctica de la negación o la indiferencia frente al hecho que ha cambiado la agenda del debate público nacional: la paz.

No falta el que estando en la oposición al Gobierno tiene un pariente político en la colaboración al Gobierno. Así las cosas, no queda claro si su familia o grupo político se encuentra adentro o por fuera de la mermelada. Ejemplo más claro es la senadora del  Centro Democrático María del Rosario Guerra, prima de Antonio Guerra, senador de Cambio Radical, partido que pertenece a la Unidad Nacional que apoya el Gobierno de Juan Manuel Santos.

En la cacería por los votos se les ha de ver por las principales vías de los  pueblos, municipios y ciudades, tomándose fotos con los colombianos del común, a los que han mirado con indiferencia durante los últimos años que no han realizado actividad proselitista alguna. Y no será nada extraño verlos trasladándose en un bus de Transmilenio en Bogotá o del Sistema Integrado de Transporte —SITP—, así no sepan que ruta tomaron, ni el valor del pasaje.

Todos dirán que si llegan a la Presidencia de la República la corrupción llegará a nivel cero, pero ninguno reconocerá que esto es imposible de lograr, porque cualquiera de estos que ocupe el primer cargo del país tendrá que administrarlo con un sistema político y de gobierno diseñado para que la ética y la transparencia no pasen de ser una fantasía que existe en la mente de quienes todavía somos ingenuos y creemos que Colombia puede ser un país viable.

Como nunca en la historia electoral de nuestro país habrá un número similar de candidatos a la Presidencia de la República que al de las aspirantes al Reinado Nacional de la Belleza, con la diferencia de que en el segundo caso las candidatas a Señorita Colombia lo hacen para terminar presentado noticieros, magazines, realities o haciendo parte del elenco de alguna telenovela, y en el primero lo hacen para embellecer su hoja de vida y darles motivos a sus pequeños egos y vanidades, para que crezcan un poco más.

@sevillanojarami

 

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