Por: Arlene B. Tickner

Candidatos y política exterior

En una coyuntura en la que muchos problemas de la vida económica, política y social del país tienen un referente mundial, los colombianos no pueden ser apáticos ante lo que hacen sus gobernantes de las fronteras nacionales hacia afuera. Las propuestas formales y los pronunciamientos públicos hechos por Santos y Zuluaga, así como el balance del primero cuatrienio del presidente, apuntan a diferencias importantes.

El silencio de ambas candidaturas sobre Estados Unidos y el servicio diplomático permite concluir que, gane quien gane, habrá continuidad. Con Washington se privilegiará el asocio estratégico y la “cooperación por proxy” en seguridad con terceros países, mientras que las embajadas y consulados en el exterior seguirán siendo un botín clientelista. La priorización de la participación en los escenarios multilaterales constituye un interés común por potenciar el protagonismo regional e internacional de Colombia. Asimismo, el juramento de Zuluaga de no firmar nuevos TLC mientras no se afinen los existentes y de atraer más inversión extranjera refleja las políticas adoptadas ya por Santos.

Más allá de estas similitudes, una distinción capital entre Santos y Zuluaga se halla en las ideas-fuerza que orientan sus respectivos planteamientos sobre política exterior. Mientras que el primero ha buscado —con éxito parcial— mostrar una “nueva Colombia” no sólo segura, sino buena ciudadana del mundo y respetuosa de sus reglas de juego, el segundo hace hincapié en la lucha antiterrorista. Considera que el terrorismo debe estar en el centro de la agenda sudamericana y que los vecinos y la comunidad internacional tienen que participar en su combate. Esas advertencias, de ponerse en práctica, se traducirían en nuevas antipatías hacia Colombia dentro de Unasur, roces costosos con Venezuela y Ecuador, y confusión improductiva entre quienes han respaldado las conversaciones de paz en La Habana, situación agravada por el desconocimiento de Zuluaga de la existencia de un conflicto armado.

Frente a la posición ambigua de Santos de declarar inaplicable el fallo de la Corte International de Justicia hasta que se negocie un tratado con Nicaragua, Zuluaga ha declarado tajantemente que lo rechazaría. Esta idea-fuerza, de desafío a la normatividad internacional se refleja también en el retrato de Venezuela como una dictadura en donde sería legítimo intervenir en los asuntos internos tanto para defender la democracia como para combatir a las Farc.

En cuanto a las drogas ilícitas, Santos ha planteado la necesidad de interrogar las políticas vigentes y de considerar alternativas, incluyendo la legalización, posición merecedora de reconocimiento mundial. En cambio, la propuesta de Zuluaga se basa en la creación de una cultura anacrónica de “no a la droga” que estigmatiza a los consumidores y que va en contravía de las tendencias regionales e internacionales.

Pese a las deficiencias y los errores de Santos, sus ideas-fuerza han redundado en mejorías indiscutibles en las relaciones de Colombia con el mundo. Al contrario del eslogan de su campaña, la política exterior de Zuluaga no es nada moderna y amenaza con devolver al país en el tiempo.

 

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